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  • La elección del título para este artículo busca anudar la derrota de Viktor Órban en las elecciones de hoy, con la historia húngara narrada por uno de sus más brillantes escépticos a través de novelas entrañables. Es que la historia de Hungría en el último siglo (y también antes, pero no llegaré allí) está atravesada por elecciones que se revelan equivocadas, por alineamientos con potencias siniestras, por el metódico ejercicio de la crueldad estatal. Márai lo describió como nadie en Lo que no quise decir, pero también en novelas como Liberación: el poder ubicuo avasallando la dignidad humana una y otra vez, al amparo de ideologías contradictorias pero con el mismo desprecio por la libertad y la dignidad humana. Es por eso que la derrota de Órban es (parece ser) uno de esos puntos de quiebre en la historia del país, y acaso el umbral de un cambio de época. Pero vamos al principio.

    Llegué a Budapest en 2007 gracias a una beca de la Open Society Justice Initiative, una de las iniciativas con las que George Sörös desde su fundación trató de apuntalar la transición de los países del centro y este europeo tras la caída del Muro de Berlín. Esta iniciativa proponía dotar de cuadros técnicos formados sobre pilares filosóficamente liberales a esos países que salían de la dictadura soviética y carecían de funcionarios capaces de conducir estados gigantescos pero anémicos, colonizados y saqueados por dirigentes comunistas que rápidamente se los repartieron como un botín de guerra. Le pido al lector que retenga este dato de los cuadros técnicos para reemplazar a jerarcas tan corruptos como ineptos.

    Cursé una Maestría en Derechos Humanos en la Central European University (CEU) en Budapest, junto a compañeros del este europeo, africanos, algunos pocos latinos y muchos rusos y de la Asia post-soviética. Hungría en ese tiempo era una sociedad abierta, como querría Karl Popper: una democracia funcional, con libertades individuales, una sociedad civil vibrante, diversa y en expansión, instituciones republicanas fuertes y una gran libertad de prensa y educativa. Pero también un gobierno impotente para conducir el déficit fiscal que había creado y bastante cínico y arrogante para con la prensa, la oposición y el pueblo en general, herencia del pasado comunista del por entonces Primer Ministro Ferenc Gyurcsány y su partido socialdemócrata.

    Monumento a los arrojados al río, en Budapest.por Roberto Gargarella

    Esa Budapest recibía con bastante alegría al alumnado variopinto de la CEU (no exento de episodios de racismo, para ser honestos), porque formaba parte de un imaginario cosmopolita que la unía a Europa como entramado cultural, como pertenencia geopolítica y como aspiración de progreso. Todo el arco político miraba a Europa y, con matices, buscaba fortalecer su inserción en la comunidad euro-atlántica y sus instituciones, como la OTAN y la Unión Europea. En esa época se habían eliminado casi todos los monumentos de los gobiernos fascistas y comunistas, salvo un curioso recordatorio a la liberación de los nazis por parte de los rusos (nuevamente, Márai) emplazado en Szabadság Tér, la Plaza de la Libertad, justo entre la embajada norteamericana y el edificio neogótico del Parlamento. Los bares dilapidados como el mítico Szimpla Kért o Möst nos permitían asomarnos a los objetos, los carteles y los mementos de esa época congelada en la guerra fría, de un modo menos dramático, pero igualmente efectivo que la Térror Háza, el museo de la represión nazi y comunista construido en la mismísima sede de la policía secreta húngara.

    En abril de 2010 Órban volvió al poder para transformar el entramado constitucional húngaro. Aprovechando la mayoría de dos tercios que le daba el sistema electoral heredado del período soviético, ordenó reformar la Constitución de 1949 y reemplazar el estado de derecho por el estado de legalidad, es decir, desconectar las leyes de los principios constitucionales que deberían inspirarlas. El objetivo declamado de reducir de 386 a 199 el número de parlamentarios le permitió introducir al cristianismo y los valores conservadores como eje de gobierno, eliminar mecanismos de control, limitar el control de constitucionalidad por parte de la Corte Constitucional, a la que también purgó reduciendo la edad máxima de los magistrados para retirar a algunos que le incomodaban y agregar a otros de su propio partido. A través de testaferros y asociados se apropió de los medios de prensa que pudo comprar, cerró otros, y comenzó a perseguir a la oposición política. El monopolio de medios fue especialmente efectivo en el interior del país, menos habituado a matizar la información con portales alternativos o internacionales, y por lo tanto acostumbrado a confiar en el relato oficial. En 2018, visitando la familia de una amiga en Szekszárd, me enteré de que el gobierno húngaro eliminaba el escudo de la Unión Europea que es obligatorio adosar a todos los edificios y bienes donados por esa organización. Por lo tanto, para sus vecinos, la escuela y el hospital eran obra de la generosidad de Órban y no de la demonizada UE.

    Órban subordinó a las universidades públicas a programas conservadores impuestos por nuevas autoridades designadas directamente por el gobierno: prohibió educar sobre género, pero también sobre transparencia, control de gestión, estándares europeos sobre negocios, ambiente, acceso a la justicia. En 2017 el parlamento aprobó una regulación de la educación superior tan absurdamente dirigida contra la Central European University que la sabiduría popular la bautizó como Lex CEU: más allá de su lenguaje general, el único efecto de la ley fue prohibirle a la CEU continuar con su programa educativo y revocarle su autorización para funcionar. En la práctica, expulsó a la CEU y su comunidad diversa y abierta, que terminó trasladándose a Viena. Naturalmente, en 2020 el Tribunal de Justicia Europeo condenó a Hungría y su gobierno por lo que consideró un ataque injustificado a la libertad académica.

    Además, consideró como “agentes extranjeros” a todas las ONG que, aunque estuvieran fundadas en el país, tuvieran también operaciones en otros países, imponiéndoles restricciones que llevaron a expulsar a la Open Society Foundation a Berlín.

    Le pedí al lector que retuviera un dato: que Open Society Foundations se había dedicado a promover, desde 1993, la formación de cuadros técnicos liberales capaces de confrontar a las cleptocracias post-soviéticas y los nacionalismos duros bajo los cuales se reciclaron los jerarcas comunistas. Esos países que integraron la Unión Soviética eran (y siguen siendo) satélites de la Rusia imperial que las sigue controlando a través, entre otras cosas, del flujo de negocios ilegales. No es difícil encontrar allí la razón de la demonización de Open Society y de George Soros: ésta comenzó a partir del alineamiento de Órban con Vladimir Putin y el retorno de Hungría al otro lado de la nueva cortina de hierro.

    Cuando retorné a Budapest de visita en 2018 y 2022 encontré una ciudad gentrificada y uniformada en el lenguaje estético de los nuevos ricos rusos: más llamativa, más ostentosa, más impersonal y definitivamente artificial. La oposición se debatía entre candidatos inviables y dificultades de organización en un contexto de hostilidad por parte del gobierno. Mis amigos se agitaban en la impotencia y el temor por el autoritarismo creciente, o se habían autoimpuesto un silencio que encontraban tan humillante como saludable. Ello ayuda a entender por qué la alternativa surgió de las entrañas mismas de FIDESZ: simplemente porque el sistema erosionó a todos los otros actores. Péter Mágyar, bendecido por su apellido que alude al gentilicio húngaro, pudo aglutinar tanto a los sectores que se opusieron a Órban durante una larga noche de 16 años, como a los moderados que encontraron una alternativa para irse del partido sin abandonar totalmente la expectativa de poder.

    No es claro lo que venga a continuación, pero Magyar ha dado señales de que se encamina a reconstruir, en parte, esa sociedad abierta y vibrante que me recibió y educó entre 2007 y 2011, que miraba hacia Europa con sentido de pertenencia y que no olvidaba la otra noche larga: la penumbra que se abatió sobre Hungría durante casi todo el siglo veinte entre guerras, revoluciones fallidas y dictaduras totalitarias. Y es por ello que nos sobran los motivos para festejar esta noche, y voy a acompañar a mis amigos y colegas húngaros descorchando algo que tenga burbujas, porque no todos los días tenemos el privilegio de asistir a la reconstrucción de una democracia, a la restauración de la dignidad individual, a la concreción de un anhelo de libertad de un pueblo brillante que ha sufrido demasiado y merece desplegar nuevamente su talento sobre un mundo libre. Y creemos que Márai consentiría en emborracharse con nosotros, al menos, esta noche.