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  • Este es un comentario sobre un tipo de libro que consigue atención global. La hora de los depredadores, de Giuliano da Empoli, encarna a la perfección lo que puede definirse como un mal de época: la atracción y popularidad de las explicaciones simples, cuasi definitivas y asfixiantes. El efecto es profundo porque desbarranca la postmodernidad. Vuelve el gran relato de una modernidad de pesadilla dominada por la narrativa del colapso. Mi argumento: el éxito de La hora de los depredadores no se explica por su contenido sino por el tipo de marco que ofrece y la demanda cultural a la que responde (si se da por aludido, lector, lectora, deme la oportunidad de explicarme).

    Publicado en 2025 en francés, L’heure des prédateurs se convirtió de inmediato en un bestseller traducido al inglés, italiano y castellano, entre otros. El libro se inscribe en una serie de textos que explican el declive de la democracia como How democracies die, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, o The people vs democracy, de Yasha Mounk. Pero estos dos trabajos, a diferencia del de da Empoli, desarrollan hipótesis y ofrecen datos y argumentos consistentes.

    Cómo mueren las democracias centra la explicación en la emergencia de líderes extremistas (siempre existieron, se afirma, y es un hecho) y la capacidad de la élite política de impedirles llegar al poder. Es la renuncia de la élite la que explica la proliferación de liderazgos como el de Donald Trump o Viktor Orbán, que conducen a la muerte de las democracias. En El pueblo contra la democracia, Mounk ofrece una lectura menos centrada en las virtudes de las élites para ocuparse de una dimensión sistémica: la distancia cada vez mayor, física y social, entre representantes y representados, y la proliferación de instituciones que han ido reduciendo el espacio para la toma de decisiones democráticas (en buena medida el sistema multilateral, pero también las agencias domésticas). Estas son las bases sobre las que emergen los liderazgos populistas (aquí y aquí mis reseñas). A diferencia de estos trabajos, da Empoli ofrece escenas sugerentes sin estructura argumental.

    La hora de los depredadores da un giro hacia lo que podría definirse como cinismo estratégico: la crisis no es resultado de la erosión institucional sino de una lógica extractiva del poder, oportunista, flexible y carente de valores. Bueno, al menos eso es lo que sugiere el título y algunas líneas de la introducción que ponen el foco en los depredadores y sitúan al narrador como un escriba azteca, que registra el colapso del Imperio ante la llegada de los españoles. ¿Pero es eso lo que ofrece?

    Vamos por partes. El Mago del Kremlin, obra anterior del autor, es una novela, aunque el interés que despertó se asoció a su lectura en clave realista y contemporánea, ya que el protagonista es un ex asesor del Kremlin que cuenta desde su retiro del uso instrumental de datos y emociones para conseguir y sostener un poder definido por su opacidad. Por su parte, Los Ingenieros del caos es un ensayo que a través de la selección de figuras reales (entre otros Gianroberto Casaleggio, Steve Bannon o Dominic Cummings, los cerebros del ascenso de Beppe Grillo y Donald Trump y de la campaña del Brexit, respectivamente) describe operaciones por las que unos estrategas habrían reinventado la propaganda para adaptarla a la era de las redes sociales y las selfies y multiplicar el caos (aquí la reseña).

    "El orden de presentación no es cronológico, tampoco es temático, y no desarrolla hipótesis, sino que encadena intuiciones, citas ingeniosas y anécdotas que sugieren profundidad sin construirla."

    Situar al autor da pistas. Da Empoli hizo una incursión en política como asesor de Matteo Renzi (alcalde de Florencia entre 2009 y 2014 y jefe de Gobierno de Italia entre 2014 y 2016) y luego ha dirigido el Think Tank Volta. La hora de los depredadores podría haberse llamado Apuntes de mis viajes con Matteo Renzi o Notas de mi vida como consultor internacional. Hubiera hecho más justicia al libro, pero seguramente se hubiera vendido mucho menos. La corteza de la obra la otorga el título y sus dos bloques: el depredador borgiano, centrado en los líderes y actores políticos que operan sin reglas (ayer y hoy, ninguna novedad como señalaban Levitsky y Ziblatt), y los conquistadores o empresarios de las tecnológicas, que imponen sus reglas sin más. Pero por debajo de la corteza los ensayos se parecen a los textos de un literato inspirado por sus apuntes de hechos que le causaron particular impresión y que va asociando de forma libre y creativa mucho más que a cualquier argumentación sólida o consistente.

    La lectura es amena, todo sea dicho. Los capítulos se van moviendo de un territorio al otro (dos capítulos para Nueva York, setiembre de 2024; Washington, Montreal, Riad y Lieusant y Berlín también tienen capítulos situados en 2024; Florencia 2012; París 1931, Chicago 2017, Roma 1998, Lisboa 2023). El orden de presentación no es cronológico, tampoco es temático, y no desarrolla hipótesis, sino que encadena intuiciones, citas ingeniosas y anécdotas que sugieren profundidad sin construirla. Cada capítulo es una crónica de un evento o en algunos casos una reproducción de un hecho histórico (Riad, París). Los encuentros multilaterales a los que el autor asistió son descritos con cierta agudeza puesta en los detalles. Sitúa, por ejemplo, los tres tipos de perfiles que suelen asistir: los líderes, los asesores y los guardaespaldas, y desde ese lugar describe a la ONU como un asunto corporal, un baile de distancias en lo que hace a los líderes y de roces amenazantes entre los guardaespaldas. Los asesores (el narrador y algún colega) bostezan y analizan lo que ven desde los marcos de interpretación de alguna serie política.

    Los argumentos se alinean con elementos muy presentes en la conversación global —ridiculizar alguna declaración con tintes absurdos de Kamala Harris para describir el wokismo; condensar citas clave de personajes de época: subir la temperatura para que de sed como metáfora para “desnudar” las nuevas estrategias comerciales de los vendedores de Coca-Cola; el fallido “sólo veo aquello en lo que creo”, lapsus del líder francés de la derecha radical Zemmour; y aportar ejemplos del presente y el pasado, como el capítulo París 1931, donde pone a Curzio Malaparte, desterrado por Mussolini tras ser su mano derecha por dos décadas, a contar la revolución rusa de octubre de 1917 como ejemplo de la primera basada en la tecnología. El resultado es una colección de relatos cortos escritos por una persona sagaz y culta. Lo que ofrece es un relato fragmentado, sin causalidad fuerte y más ocupado en las viñetas que en fundamentar el argumento. Es entretenido (punto).

    ¿Pero entonces, por qué un libro así se convierte tan rápido en bestseller? Porque promete “captar los estertores de un mundo que se hunde en el abismo” (cita de la introducción) en el que “Todo será barrido de un plumazo” (Berlín 2024). Me quedo pensando en la confluencia entre estrategias de mercado muy efectivas (en buena medida las que describe el mismo autor) y una necesidad de época de encontrar la redención, una demanda mesiánica y cuasi religiosa de expiación: como si el mensaje subliminar fuera algo así como “porque no se puede hacer nada, no tenemos la culpa, sigue mirando”. Este no es un libro sobre el poder depredador, sino un producto cultural perfectamente adaptado a una época que adora los relatos de colapso con villanos y sin responsabilidad. Lo que la comunidad política necesita es otra cosa.