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  • Pensar después de Gaza es un libro incómodo y desmesurado, por varias razones, pero en última instancia atractivo. Está plagado de afirmaciones absolutas y exageradas, catastróficas, perturbadoras y —a veces— divertidas. Al leerlo en español, en una traducción que intuyo impecable de Diego Picotto y Ezequiel Gatto, uno puede imaginar que el original italiano debe ser desopilante y la excursión reciente del autor por Gelatina da cuenta de que debe ser divertido una sobremesa con Bifo (que así le dicen al autor).

    El libro es incómodo porque la acusación extendida de que los críticos de Israel son antisemitas encuentra, en este tipo de discursos, ciertos razgos de plausibilidad (aunque en última instancia fallan). Berardi es, al menos, claro y directo en la génesis de su argumento: Israel es un estado que nunca debió haber existido, un proyecto colonial impulsado por los países centrales, que desde el minuto uno inició una guerra de expulsión y desplazamiento forzado de los habitantes no judíos de esa tierra, promovió la colonización de esos territorios, y fijó fronteras arbitrarias (que expandió en 1967 luego de la guerra de los seis días). Berardi ve una línea directa entre ese proyecto y Gaza, palabra que encapsula en su texto un mal mucho más complejo y persistente que los bombardeos israelíes o el progrom salvaje de Hamas del 7 de octubre de 2023. Tiene que ver con el fin del proyecto político universalista y racional y el regreso salvaje a la ferocidad como respuesta del reino animal, al que nuestra especie tristemente pertenece. Es también, el fracaso del derecho y de la ley como mecanismos de autogobierno colectivo.

    En Berardi, las víctimas de antes se convierten en verdugos y el nosotros viviremos tiene —como correlato— un ustedes morirán que sólo puede entenderse por la naturaleza del trauma (o los traumas) padecidos colectivamente y el instinto animal de supervivencia.

    En mi re-lectura para esta reseña encuentro signos de exclamación en todos los márgenes y pocas k, letra que uso para resaltar pasajes que se me hacen claves del argumento. ¿Por qué tantas exclamaciones? Aparecen anotando frases como “Israel sólo tiene un modo de erradicar a Hamás: matar a todos los palestinos que viven en Gaza, en los territorios ocupados, y también en otros lugares. Todos, todos, todos. Especialmente a los niños” (p. 28). O —con un signo de interrogación— “La humillación sufrida a manos de los nazis exigía una compensación psíquica, y esta compensación es la persecución y el extermino del pueblo palestino” (pág. 31). O “Se podría argumentar que la masacre posterior al 7 de octubre es una respuesta— aunque desproprocionada— a aquel ataque. Pero el 7 de octubre mismo no fue más que una reacción a incontables actos de violencia, deportación, asesinato y masacre cometidos por el IDF y colonos armados en los años previos, incluso desde 1948” (p. 53).

    Ante esa desmesura se podría, quizás, abandonar la lectura. Si uno va a buscar comprensión al texto se va un poco desencantado, en parte porque las preguntas son incorrectas. Por ejemplo, la cuestión sobre si un estado tiene derecho a existir o no es una tontería: los estados simplemente existen y desde el río hasta el mar hay un sólo estado, Israel, con derechos (p.ej., a la defensa) y obligaciones (p.ej., respecto del uso de la fuerza). Lo mismo con la acusación de genocidio, que también se me hace desmesurada, y fundamentalmente innecesaria para criticar el alcance de los bombardeos sobre Gaza. Pero si uno persiste encuentra cosas valiosas, como la discusión —en general de poca resoncia en la Argentina— de las posturas de los israelíes izquierdistas de Haaretz, o de autores como Amos Oz, Gad Lerner, Zeev Sternhell, entre otros, que dan cuenta de la no unamidad del gobierno que lidera Netanyahu. Uno tiene suficientes amigos israelíes de esa tradición como para celebrar que sus palabras y sus preocupaciones, que vemos a través de Facebook, lleguen de alguna forma, aunque sea imperfecta, al debate público argentino.

    Y es allí, promediando el libro, que el argumento se vuelve más amplio y rebalsa a Israel y al salvajismo de Hamas que, hasta entonces, podía interpretarse a la luz —también incómoda— de Franz Fanon y las consecuencias psicológicas del colonialismo, sobre colonialistas y colonizados por igual. A partir del capítulo quinto Berardi gira hacia los Estados Unidos, y de la mano de Paul Auster recorre otro orígen a problematizar basado en la explotación y en la esclavitud y de la mano de Salman Rushdie y su libro Fury (de 2000) el momento exacto previo a los ataques de Al-Qaeda. Los terroristas, en su salvajismo, aparecen en Berardi como estrategas magistrales que llevaron a sus enemigos a caer en las trampas deseadas. En un camino que para el autor sólo puede terminar en la propia derrota ética y política, si no militar, de las fuerzas provocadas. El final del libro tiene de todo y casi todo es interesante. La comunicación celular, Marx y Darwin, la inteligencia artificial, la migración de los deseos (consumistas) y los cuerpos (desamparados) hacia paraísos del consumo que no son y el temor y el miedo como reacción preponderante que dispara, de nuevo, la ferocidad como respuesta.

    En Berardi no hay futuro. La catástrofe es inminente y todo es sombras y oscuridad. No hay moralejas ni lecciones ni salida posible que no sea más muerte y destrucción. Fue raro, en ese sentido, leer al libro en paralelo, todas las noches, con Mientras tanto en la tierra. Buscando nuestro lugar a través del tiempo y del espacio (FCE, 2023), del genial Oliver Jeffers. Allí Jeffers, inspirado por el conflicto en Irlanda del Norte, recorre históricamente la persistente tendencia humana a trazar fronteras y matarnos unos a otros. Mirando a la historia desde la inmensidad del espacio todo se vuelve más insignificante, y las guerras y las muertes, sin ningún tipo de sentido o justificación. Quizás Jeffers agregó en estos días, involuntariamente, la cuota de optimismo de la que Berardi carece. Porque si uno le lee a un niño todas las noches, no puede hacerlo sino con la esperanza de un futuro mejor, por más improbable que parezca.