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  • ¿Cuál es el trend topic de estas semanas? Creo que casi todos, juristas o legos, responderán que el Mundial de fútbol. Todos saben algo, todos hablan de ello y todos saben que, si quieres romper el hielo o entablar una conversación, referirte al Mundial es la táctica adecuada.

    Está claro que los juristas siempre tenemos un ojo atento a las relaciones entre cualquier aspecto de la vida cotidiana y el derecho. Muchos de nosotros nos habremos topado con discusiones sobre las problemáticas surgidas en torno a su organización. Pero la conexión entre el Mundial de fútbol y el derecho no se limita a esto. De hecho, aunque mucho menos conocido, los juristas no solo vemos el Mundial: directamente nos abotonamos la camisa, nos anudamos la corbata y salimos al campo para nuestras propias manifestaciones de alcance mundial, es decir, los dos grandes congresos que este año se han sucedido en rápida secuencia.

    En primer lugar, cronológicamente hablando, la conferencia anual de ICON·S, titulada “Reimagining Public Law for a Fractured World – Technology, Identity & Truth”, organizada por la International Society of Public Law y celebrada en Dublín del 29 de junio al 1 de julio. Y, por último, el Congreso Mundial de Derecho Constitucional (WCCL, por sus siglas en inglés), organizado por la International Association of Constitutional Law (IACL) y celebrado en Bogotá del 6 al 10 de julio, bajo el lema “Constitucionalismo sostenible: respuestas para un mundo en cambio”.

    Espero, en estas líneas, lograr la empresa titánica de transmitiros lo que yo he vivido participando, sin solución de continuidad, en ambos.

    Un pueblo itinerante de juristas

    Lo primero que llama la atención es sentirse catapultado a una dimensión alternativa: formar parte de un pueblo itinerante de juristas donde, paseando por las calles del campus, se oye hablar de cortes constitucionales, constitutional amendments, dignity, margin of appreciation, rule of law, y así sucesivamente.

    Por esta razón, la organización de estos eventos resulta abrumadora: involucran a miles de participantes y celebran decenas de paneles en paralelo. Basta con descargar los programas de ambos congresos para darse cuenta: es impresionante desplazarse por las decenas de páginas que los componen.

    Lo primero que salta a la vista, tanto al hojear los programas como al pasear entre los edificios, es la efectiva realización de la “promesa mundial”: cada uno de nosotros tuvo la oportunidad de dialogar directamente con juristas procedentes de África, Asia, Oceanía, América y Europa, generando no solo una comunidad de juristas, sino ampliando el horizonte visual y conceptual de los participantes. Este es un aspecto que merece una reflexión aparte: los dos congresos, por su apertura mundial y por su capacidad de poner en relación las experiencias y temas más diversos que ocupan la mente de los juristas, nos ofrecen un buen panorama de cómo los juristas perciben los problemas que aquejan al derecho.

    La amplitud de la participación conlleva, sin embargo, una dificultad estructural que, al menos hablando con otros colegas, parece haber sido un “mal común”: el remordimiento que conlleva cada elección. En mi caso, me sentí más jurista que nunca al verme obligado a poner en práctica el tan discutido balancing.

    Es necesario conocer todos los paneles y a sus respectivos participantes, tener una comprensión adecuada de los propios intereses, para luego elaborar una lista final de los más afines y sopesar las razones a favor de uno u otro cuando coinciden en el tiempo. Y, a veces, elegir entre dos o más eventos que interesan por igual genera una suerte de frustración entre lo que se hubiera podido presenciar y lo que, por limitaciones de tiempo, finalmente se pudo hacer.

    Preocupaciones más allá de las fronteras

    Pasando a la parte más sustantiva, me interesa subrayar algo importante: la diversidad de la participación, en mi opinión, no implicó una fragmentación ni una polarización que impidiera captar ciertos problemas que, de algún modo, unían y envolvían a todos. Es inevitable destacar algunos temas transversales recurrentes: la resiliencia democrática y la reparación de las instituciones debilitadas por el retroceso democrático, la intersección entre el constitucionalismo y la inteligencia artificial, la justicia climática, la preservación del rule of law, y el avance de los derechos sociales y la libertad académica.

    Lo que une estos temas y estos días de inmersión total en el derecho constitucional es el retrato de un panorama preocupante que, pese a sus manifestaciones particulares en cada jurisdicción, tiene en su centro y como razón de ser la calidad democrática del constitucionalismo. Y es precisamente aquí donde me gustaría concluir este reportaje, intentando extraer una suerte de preocupaciones compartidas.

    Un aspecto subrayado en repetidas ocasiones es el creciente peso e impacto público de los poderes privados. Sobre este punto, la ponente principal Tendayi Achiume, antigua relatora especial de las Naciones Unidas, analizó el caso emblemático de Próspera ZEDE, una jurisdicción especial dentro de Honduras que opera bajo su propio marco legal, fiscal y regulatorio, y cómo esta mezcla de lo privado y lo público reduce la autonomía política de los ciudadanos, dando lugar a litigios ante tribunales internacionales de inversiones sobre algo que creíamos inimaginable: recuperar la capacidad democrática en zonas donde empresas privadas son libres de legislar.

    Otra preocupación común se refiere al auge de los autoritarismos y a la creciente desconfianza hacia los jueces y las instituciones democráticas. Como subrayó András Sajó, uno de los ponentes principales del WCCL, cuanto más consolidado está el autoritarismo, más capturadas están las cortes supremas o constitucionales por el poder político, y menos pueden actuar como contrapeso frente al giro autoritario. En consecuencia, cuanto más nos hallamos en una espiral regresiva, más la única salida posible no está en manos de los jueces y juristas, sino de los ciudadanos: en su acción política (por ejemplo, como en Hungría y Polonia, mediante un cambio de mayoría electoral) y en la educación democrática y liberal de la ciudadanía.

    Este cambio conceptual, del plano jurídico al cívico-político, nos lleva a otra preocupación: ¿qué hacer, tras gobiernos autoritarios y populistas, para redemocratizar la sociedad? ¿Es posible restablecer la democracia respetando el rule of law, precisamente allí donde haría falta un “salto” para que las modificaciones introducidas por los regímenes populistas y autoritarios —ya sea violando el rule of law o cumpliéndolo formalmente— queden archivadas y se conviertan en un mero recuerdo del pasado?

    Sadurski, en su intervención durante una de las sesiones plenarias del WCCL, lanzó un interrogante acuciante que no podemos dejar de plantearnos: si respetar el rule of law implica no solo ralentizar la redemocratización, sino de hecho obstaculizarla, ¿debemos cambiar nuestra forma de concebirlo en favor de una sociedad más justa y democrática, o debemos permanecer fieles a nuestra concepción actual y, por tanto, prolongar la vida de las medidas autoritarias que tanto rechazamos?

    De las ideas a la práctica

    ¿Pero cómo concretar todo esto, bajando del mundo platónico de las ideas en el que solemos habitar los juristas? El WCCL intentó ofrecer una posible respuesta, creando por primera vez en su historia un mini-public compuesto por 100 juristas para debatir las implicaciones de la democracia como derecho humano. El camino es largo y las preguntas son arduas, pero en estos días he comprendido que no falta ni la capacidad autocrítica para revisar las propias ideas, ni la buena voluntad de ir más allá del statu quo, experimentando cosas nuevas.