Leí la columna de Nahuel Maisley con la particular incomodidad que producen los textos inteligentes con los que uno no termina de estar de acuerdo. Quizás también porque conozco y admiro a su autor, y sé que detrás de su propuesta —provocadora— hay una preocupación genuina: cómo discutir seriamente con una nueva derecha que ha adquirido una enorme capacidad de incidencia política e institucional pero que no parece haber producido todavía, al menos en el campo jurídico argentino, un corpus teórico comparable en sofisticación y densidad con el que acompañó a otros proyectos políticos. Sin embargo, mientras leía la columna no podía dejar de preguntarme si parte del problema no estaba ya contenido en la pregunta que la motiva: ¿y si la nueva derecha jurídica argentina no tiene quién le escriba porque, sencillamente, no considera demasiado importante tenerlo? Quizás solo sea que no le interesa.
Y quizás —¿lamentablemente?— tenga algo de razón.
Mi propio interrogante no pretende celebrar esa ausencia ni afirmar que la nueva derecha carezca de ideas. Al contrario de ello, pretendo cuestionar algo, si se quiere, previo: ¿por qué suponemos que un proyecto político que aspira a transformar profundamente la sociedad —y con ella al derecho como práctica social— debería producir necesariamente una élite intelectual y jurídica capaz de justificar esa transformación en los términos reconocibles para las élites académicas existentes?
La columna de Maisley —o al menos una lectura razonable de ella— permite advertir la presencia de una suerte de expectativa según la cual una transformación política intelectualmente seria debería recorrer un camino más o menos reconocible, una suerte de check list, de cursus honorum: desarrollar ideas, convertirlas en una teoría relativamente sistemática, producir una doctrina jurídica, disputar esa doctrina en universidades, revistas y congresos y, finalmente, traducirla en instituciones. Una secuencia que, al menos desde dentro del campo jurídico académico, resulta casi natural —o, al menos, naturalizada-.
Pero quiero proponer otra cosa: yo creo que una de las características más visibles de muchas expresiones de la nueva derecha —aunque no sólo de éstas— es, precisamente, su impugnación a la autoridad de las élites tradicionales para determinar los términos legítimos de la conversación pública. Profesores universitarios, expertos, periodistas, científicos sociales, juristas académicos y organismos técnicos aparecen frecuentemente cuestionados no sólo por las posiciones que sostienen, sino por la pretensión de que sus credenciales, lenguajes e instituciones les confieran una autoridad especial para establecer qué afirmaciones merecen ser tomadas en serio. La casta, digamos.
Si esto es así, quizás resulte problemático diagnosticar como una carencia de la nueva derecha su incapacidad para construir aquello cuya autoridad ella misma pretende poner en cuestión. Porque no se trataría, entonces, de que a la nueva derecha “no le interesen las ideas”, o de que carezca de intelectuales. Se trataría de preguntarnos si no estamos confundiendo la ausencia de producción intelectual con la ausencia de una determinada forma de producción intelectual. Porque ideas, evidentemente, produce. Las produce en libros de enorme circulación, videos de YouTube, podcasts, redes sociales, fundaciones, medios de comunicación, intervenciones políticas y también, como señala el propio Maisley, en normas, sentencias y dictámenes.
Paso ahora a una segunda perplejidad. Maisley parece sugerir en su columna que muchos de ese material sería intelectualmente pobre, contradictorio o superficial. Pero eso no resuelve una pregunta previa: ¿quién decide cuáles son los lugares y formatos en los que una idea debe formularse para adquirir el estatuto de producción intelectual? De hecho, hay una frase en su columna que me parece particularmente reveladora: Maisley propone reconstruir “a su mejor luz” los argumentos jurídicos que la nueva derecha “no formula” y que “apenas se adivinan en videos de YouTube, en decisiones judiciales, en normas, en dictámenes y, también, en silencios”.
Podemos interpretar ese gesto como uno intelectualmente generoso: no combatir una caricatura del adversario, sino construir la mejor versión posible de su argumento antes de discutirlo. No puedo poner en duda la caridad filosófica de la columna, sobre todo teniendo en cuenta las credenciales intelectuales y éticas del autor. Pero, obviando eso, sí quiero remarcar una asimetría que merece ser examinada y que nos hace releer esa afirmación bajo otra “luz”: los argumentos de la nueva derecha no estarían propiamente formulados allí donde ella los produce dado que apenas podrían adivinarse. Correspondería entonces a quienes disponen de las herramientas del campo jurídico académico “progresista” (¿quienes formamos o participamos de “La Crítica del Derecho”, por ejemplo?) reconstruirlos, sistematizarlos y convertirlos en una versión intelectualmente digna de ser discutida.
Y tal vez el problema sea que una parte de la nueva derecha no reconoce esa operación como intelectualmente neutral o alejada de intereses no necesariamente transparentes. Y tal vez tenga un punto. Pongámoslo en estos términos: un conjunto de instituciones y actores que durante décadas establecieron los estándares de aquello que cuenta como conocimiento jurídico “serio” observa sus nuevas formas de producción intelectual y las considera poco sofisticadas; constata luego la ausencia de una teoría que satisfaga esos estándares; y finalmente se ofrece a reconstruir por sí mismo la mejor versión de aquello que el adversario no habría sido capaz de formular.
Pero hay algo más; una, digamos, tercera perplejidad, un último desplazamiento de la columna que introduce una dificultad adicional: una vez reconstruidos esos argumentos, dice Maisley, habrá que “derrotarlos con la fuerza del mejor argumento, que —no me cabe duda— está de nuestro lado”. Y aquí aparece quizás mi mayor incomodidad. Porque ¿qué tipo de invitación a una conversación estamos generando? ¿Qué conversación intelectual se le está proponiendo exactamente al otro? ¿Qué incentivo tiene alguien para ingresar en una discusión cuyas reglas, lenguaje, estándares de sofisticación y, finalmente, resultado parecen haber sido establecidos de antemano por su interlocutor?
La paradoja es algo llamativa: se le reclama a quienes están inscriptos dentro de la nueva derecha —sea quienes fueren…— que produzcan argumentos mejores; escriban; elaboren una doctrina; abandonen las consignas; construyan una teoría jurídica sofisticada y discutamos seriamente. Pero al mismo tiempo se anuncia que, cuando finalmente esa teoría haya sido construida —incluso si tenemos que construirla nosotros, los progresistas, en su mejor versión—, será derrotada porque no hay dudas acerca de dónde se encuentra el mejor argumento. O para decirlo en criollo: entren a nuestra conversación para que podamos demostrarles —correctamente— por qué están equivocados.
No estoy diciendo que las ideas de la nueva derecha sean correctas —ni siquiera persuasivas-, ni que todas sus producciones merezcan idéntica consideración intelectual —no son lo mismo Patrick Deneen, Nick Lando o Gabriel Zanotti que Nicolás Márquez o Agustín Laje-. Tampoco estoy proponiendo dejar de lado o abandonar las propias convicciones para poder conversar. Pero tomarse realmente en serio intelectualmente a quien piensa de modo radicalmente diferente -a la Dworkin— exige, me parece, una disposición mínima: admitir la posibilidad de que la confrontación con la mejor versión de sus argumentos pueda obligarnos a revisar algo de los nuestros. De otro modo, la reconstrucción “a su mejor luz” corre el riesgo de convertirse en un ejercicio sofisticado cuyo desenlace conocemos antes de haberlo comenzado. No cuestiono la honestidad de la propuesta; sólo que me parece, finalmente, poco estimulante para la conversación que se supone es presentada como un convite.
Hay, además, otra posibilidad que me resulta todavía más incómoda, porque ya no interroga solamente a la nueva derecha, sino también nuestra propia representación de lo que debería ser un intelectual político. Tengo la sensación de que detrás de la pregunta por quién le escribe a la nueva derecha —y su respuesta— haya cierta nostalgia por un mundo en el que los grandes proyectos políticos parecían encontrar su correlato en élites intelectuales reconocibles, enfrentadas entre sí dentro de un espacio relativamente común de discusión.
Es una imagen poderosa de la vida intelectual: frente a una élite progresista, una élite conservadora; frente a una teoría constitucional —sofisticada-, otra teoría constitucional —un poco menos sofisticada-; frente a unos profesores, otros profesores; frente a unas revistas, otras revistas. Las disputas políticas tendrían así una suerte de traducción intelectual en la que adversarios radicalmente enfrentados podrían, sin embargo, reconocerse recíprocamente como interlocutores porque compartían lenguajes, instituciones y ciertos criterios acerca de qué significaba producir un argumento serio. Algo así como una suerte de nostalgia por construir y tener nuestro propio Carl Schmitt al que responderle airosa, pero elegantemente, cuán equivocado se encuentra. Y entonces si nuestros deseos más nostálgicos se cumplen entonces tendremos una nueva derecha capaz de disputar seriamente el poder, sostenida en su gran teoría jurídica, sus profesores y sus libros. De allí el interés que producen figuras como Adrian Vermeule: permitirían restablecer una geografía intelectual conocida, en la que a cada proyecto político corresponde una élite capaz de formularlo con la suficiente sofisticación como para que otra élite —la correcta, la poseedora de los argumentos inderrotables— pueda discutir con ella —y necesariamente derrotarla— en un lenguaje compartido.
Y, a decir verdad, yo no creo que tengamos que estar tan seguros de que el mundo intelectual contemporáneo siga organizado de ese modo, porque quizás una de las transformaciones que acompañan el surgimiento de estas nuevas derechas consista precisamente en haber puesto en crisis esa relación entre proyectos políticos y élites intelectuales. No necesariamente porque los intelectuales hayan dejado de importar —aunque tal vez sea conveniente que para controvertir esto salgan por un rato de “X” y sus griteríos incesantes-, ni porque la política pueda prescindir de ideas, sino porque se ha debilitado la pretensión de que determinadas comunidades —la universidad, los juristas, los expertos, los intelectuales públicos— ocupen una posición privilegiada como mediadores entre las ideas y la política.
Visto desde allí, la ausencia del gran intelectual de la nueva derecha podría producir una especie de nostalgia involuntaria: querríamos encontrar del otro lado a alguien con quien volver a discutir como sabíamos discutir. Un adversario que hablara nuestro idioma aunque dijera exactamente lo contrario; que escribiera libros que pudiéramos reseñar, papers que pudiéramos refutar, teorías que pudiéramos reconstruir y congresos en los que pudiéramos enfrentarnos. En definitiva, alguien que, aun desde el extremo opuesto, reconociera las mismas instituciones y procedimientos mediante los cuales nosotros aprendimos a otorgar autoridad intelectual. Alguien, al final, cuya presencia e interpelación le de sentido y hasta legitime lo que nosotros hacemos.
Pero ¿qué ocurre si una característica de la nueva derecha consiste precisamente en no reconocer esa autoridad del mismo modo? ¿Qué sucede si la disputa no enfrenta simplemente a una élite intelectual de izquierda con una élite intelectual de derecha, sino que cuestiona el lugar mismo que las élites intelectuales ocupaban en la organización de la conversación pública?
Y esto conduce, finalmente, a una cuestión que me parece más amplia que la discusión entre derecha e izquierda. Tal vez una de las disputas políticas centrales de nuestro tiempo no sea solamente acerca de qué ideas son verdaderas o correctas, sino también acerca de quién tiene autoridad para producirlas, mediante qué lenguajes, en qué espacios y conforme a qué criterios una sociedad decide que una idea merece ser considerada seriamente. Lo que está en juego no es sólo el contenido de las ideas, sino las condiciones de producción y legitimación del conocimiento político. Desde esta perspectiva, YouTube, los podcasts, las redes sociales y las demás formas que tendemos a considerar intelectualmente menores adquieren otro sentido: quizás no sean simplemente vehículos más rudimentarios para transmitir ideas que, en su versión verdaderamente sofisticada, deberían encontrarse en otra parte. Tal vez formen parte de una modificación más profunda de las relaciones entre conocimiento, autoridad y política: otros productores, otros intermediarios, otros públicos y, sobre todo, otros mecanismos para decidir a quién se escucha.
Por eso, antes de concluir que la nueva derecha carece de una producción intelectual suficientemente sofisticada, quizás convenga preguntarnos si no estamos intentando encontrarla exclusivamente allí donde nosotros aprendimos que debía encontrarse. Y es eso precisamente lo que se está poniendo en crisis. Y quizás entonces la pregunta de Maisley pueda invertirse: en lugar de preguntarnos por qué la nueva derecha argentina no ha construido todavía una élite jurídica capaz de disputar intelectualmente con el progresismo, podríamos preguntarnos por qué debería querer hacerlo en esos términos, por qué debería considerar que la legitimidad intelectual de su proyecto depende de producir profesores, revistas, doctrinas, congresos y teorías sistemáticas capaces de obtener reconocimiento dentro de un campo cuyas propias reglas de validación se encuentran, al menos parcialmente, entre las cosas que pretende cuestionar.
Al fin y al cabo, quizás aquello que estamos interpretando como la ausencia de un interlocutor sea, en realidad, el síntoma de una transformación bastante más profunda y compleja. Mientras Maisley pregunta quién ocupará la silla vacía del otro lado, me pregunto si el problema no es otro: quizás no se trate de que falte alguien del otro lado de la mesa, sino que lo que está desapareciendo es la mesa en la que estábamos acostumbrados a discutir. Y tal vez sea eso, precisamente, lo que todavía llamamos ruido. Y, tengo que reconocerlo, lamento no tener ninguna solución o respuesta para proponer. El mundo cambió demasiado, demasiado rápido. Tal vez, sólo tal vez, ésta sea la premisa de la cual partir a la hora de pensar no sólo lo que la nueva derecha hace o dice —o cómo lo hace o dice-, sino también cómo operamos nosotros, quienes sea que seamos ese nosotros.