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  • A pesar de que el resultado oficial no se proclamará hasta dentro de un par de semanas, se puede afirmar ya sin lugar a duda que Keiko Sofía Fujimori Higuchi será la próxima presidenta del Perú. A los cincuenta y un años, la misma edad a la que llegó su padre a Palacio de Gobierno en 1990, y en su cuarto intento, ella se ha convertido en la primera mujer elegida presidenta en la historia peruana (Dina Boluarte llegó por mandato parlamentario).

    Volverá a donde llegó hace treinta y seis años, y donde a los diecinueve se convirtió en primera dama, cuando su padre se separó de Susana Higuchi, a quien encerró y aplicó electroshock por denunciar la corrupción que veía en el entorno cercano a su marido. Creció entre Palacio y el Servicio de Inteligencia, en el edificio donde se incineraron los cuerpos de los enemigos del régimen. Estudió en Estados Unidos, y declaró en un juicio que recibía de Vladimiro Montesinos, el asesor de su padre hoy preso, paquetes de diez mil dólares en efectivo cada par de semanas cuando viajaba a Lima. No se sabe realmente como se financiaron sus estudios porque claramente no fue con lo de la venta de un pequeño inmueble como declaró su padre en ese mismo juicio.

    En el 2000 Keiko fue encargada de sacar las últimas pertenencias de Palacio cuando su padre se fugó a Japón y la dejó a sus veinticinco años completamente desvalida. No es difícil imaginar que en ese momento se prometió a sí misma que algún día volvería, costara lo que costara. Veintiséis años más tarde, después de ser congresista entre el 2006 y 2011 y dos estancias en la cárcel de mujeres de Lima entre el 2018 y el 2020, acusada de mal uso de recursos de campaña, sus dos décadas en campaña finalmente han rendido fruto. Se le puede acusar de todo menos de falta de persistencia.

    Formada entre su padre y Montesinos, rodeada de la cúpula de su partido, Fuerza Popular, ha dedicado su vida a la política. Nunca ha tenido más trabajo que el congreso o la dirección del partido y solo descansó del trabajo parlamentario para tener a sus hijas Kyara y Kaori. A quienes convirtió en accesorios políticos cuando su exmarido el norteamericano Mark Vito Villanella la dejara para convertirse en personaje de la farándula local. Su hija mayor la ha desmentido en público cuando trató de utilizar de ejemplo diciendo que no la dejaría abortar de quedar embarazada después de una violación. Su hija menor la ha acompañado bailando en los estrados, como hizo ella con su padre en el 2000.

    ¿Pero cómo ha logrado hacerse de la presidencia después de tres intentos fallidos? Observando, aprendiendo, alimentando la amenaza del comunismo que acecha para convertir al Perú en Cuba o Venezuela. Pero sobre todo tomando las instituciones, una por una, además de cansando y desarticulando a sus opositores. Solo así ha podido por un margen muy estrecho ganar en unos comicios, que, si bien han sido limpios a nivel formal, se caracterizaron por profundas falencias de fondo.

    Cada elección en la que participó Fujimori mejoró su estructura de campaña y reclutó a sus seguidores más fieles entre los grupos empresariales más importantes del país, asegurándoles que como su padre gobernaría en su beneficio. En la segunda vuelta del 2011 desplegó con absoluta virulencia la campaña de miedo, asegurando que el país sería destruido en caso de que un comunista como el militar en retiro que tenía al frente llegara a la presidencia. Ollanta Humala, rápidamente firmó la llamada “hoja de ruta” comprometiéndose a no cambiar el rumbo económico. Mientras que el movimiento conocido como el anti-fujimorismo que fue ganando cada vez más fuerza, logró poner en la agenda los abusos del régimen de su padre, incluyendo la entonces menos conocida campaña de esterilizaciones forzadas llevadas a cabo en los 90s.

    En el 2016 cuando enfrentó a Pedro Pablo Kuckzynski en la segunda vuelta estuvo muy cerca de ganar. El poco carismático veterano exministro de economía de Alejandro Toledo era también de derecha, así que la amenaza comunista no le sirvió. Una vez más el anti-fujimorismo hizo lo suyo y a pesar de compartir poco con Kuckzynski lo respaldó en su triunfo por poco más de 41,000 votos. Fue aquí en que la diferencia entre como votaba el norte y el sur del Perú quedó claramente plasmada en el mapa electoral. Fujimori domina las provincias amazónicas bajas: Loreto y Ucayali, así como lo que alguna vez fue conocido como el solido norte del APRA, además de la capital, el puerto del Callao y la provincia de Ica, mientras que, en los Andes, sobre todo en las provincias del sur se le rechaza.

    Esas elecciones, sin embargo, marcaron un punto de inflexión ya que una reforma electoral que buscaba limitar el número de partidos en el Congreso llevó a que Fujimori controlara el parlamento, con 73 congresistas de 130. Kuckzynski le ofreció ser premier o cualquier cargo que quisiese para poder hacer un gobierno conjunto, pero en vez de aceptar Fujimori le declaró una guerra sin cuartel y no cejó hasta forzarlo a renunciar a la presidencia, antes de ser vacado. Keiko peleó también con su hermano menor Kenji quien desde el parlamento buscó liberar a su padre por todos los medios. Cuando su hermano se alió con Kuckzynski para liberar a Alberto, ella lo expulsó del partido. Se dice que el padre quería volver a la presidencia y no creía que ella podría ser elegida.

    En esos años solo Martín Viscarra logró hacerle un poco de contrapeso cuando como vicepresidente asumió el cargo tras la salida de Kuckzysnki. Viscarra se enfrentó al parlamento, y por insistencia logró cerrar la cámara y llamar a nuevas elecciones congresales. Organizó un referéndum donde se prohibió la reelección parlamentaria y se rechazó la bicameralidad. Meses más tarde durante la crisis causada por la pandemia Viscarra fue vacado por ese nuevo parlamento cuando trascendió que él y su familia se habían vacunado de manera clandestina. Hoy está preso, acusado de corrupción e inhabilitado de ejercer cargos públicos.

    Esos fueron los años más difíciles para Fujimori, ya que al explotar el caso Lava Jato, se investigó el financiamiento de sus campañas presidenciales y terminó presa bajo prisión preventiva, no solo por aceptar dinero bajo la mesa de Odebrecht, sino, sobre todo por mentir al tratar de explicar cómo habían llegado esos fondos a sus manos y por amenazar a las personas en los lugares más pobres del país que se suponía habían aportado al partido. Fue así que el llamado “caso cocteles” o de “pitufeo” porque buscaba cubrir la recepción del dinero con aportaciones ficticias, la llevó a la cárcel por más de un año, en dos periodos.

    Fujimori llegó la segunda vuelta del 2021 sintiéndose ganadora porque su contrincante fue un maestro rural, que, si bien no tenía gran habilidad política, era capaz de conectar con los electores que se identificaron con su sombrero y creyeron en su “palabra de maestro” y en su eslogan principal: “no más pobres en un país rico”. Comunicaba un mensaje claro a quienes no habían visto mejora alguna en la década de bonanza económica y que fueron fuertemente castigados durante la pandemia, con el brutal crecimiento de la pobreza y colapso de los servicios de salud.

    Fujimori volvió a movilizar el miedo contra el comunismo. Cada campaña anterior resultó en periodistas despedidos por no mentir sobre su contrincante, así que para el 2021 a los medios de comunicación importantes la apoyaban solo a ella. El aparato de reparto de prebendas y movilización de personas pagadas a sus mítines se hizo costumbre y en sus plazas fuertes parecía imparable. Pero Pedro Castillo tenía el sombrero, el apoyo del anti-Fujimorismo y de todo el sur del Perú, además de las provincias andinas del norte como su Cajamarca natal.

    Cuando ganó por 44,000 votos Keiko Fujimori utilizó la estrategia de Tump y Bolsonaro gritando fraude. La campaña de demolición de los entes electorales fue intensa y hasta ahora hay quienes están convencidos que esas elecciones les fueron robadas. Pocos días antes del cambio de mando se proclamó a Castillo y la guerra desde el parlamento fue inmediata. Paso a paso los fujimoristas coparon las instituciones que podían servir de contrapeso: la defensoría del Pueblo, el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial y sobre todo las autoridades electorales.

    Mientras lo hacían con la complicidad de los parlamentarios de otras bancadas afines, aprobaron una serie de leyes conocidas como pro-crimen, porque hicieron cada vez más difícil combatir a las economías ilegales y daban impunidad a policías y militares. El Congreso se convirtió en un espacio de representación de ciertos grupos de interés. Mientras que Castillo demostró no solo que era incapaz de convertir el país al comunismo, sino que tampoco podía gobernar. Fue así que el 7 de diciembre del 2022 intentó un golpe de estado tan mal pensado y organizado que no duró más de cuarenta minutos. Hoy está preso.

    Lo reemplazó su vicepresidenta quien solo pudo gobernar con el apoyo del Congreso Fujimorista, porque una vez establecida la mecánica de un número mínimo para sacar a un presidente, el mantenerse en el poder se convirtió en una cuestión de votos y el Perú se pasó a tener un sistema pseudo parlamentario. En el sur del país estallaron protestas demandando la libertad de Castillo, y nuevas elecciones. Boluarte envió al ejército y la situación escaló convirtiéndose en una carnicería donde murieron casi cincuenta personas, incluyendo niños que iban por la calle, un paramédico que buscaba salvarle la vida a un herido y personas que solo querían que se respetaran sus derechos.

    Gracias al apoyo de Fujimori, Boluarte se mantuvo en Palacio de Gobierno hasta que dejó de serle funcional en medio de una ola de violencia en el país y así el Congreso eligió a Jerí y Balcázar, pero tomando todas las decisiones importantes en el parlamento, desde donde se modificó la constitución retornando a la bicameralidad y a la reelección parlamentaria. Otras reformas electorales que hubiesen limitado el número de candidatos a la presidencia con una primaria obligatoria no se aprobaron, dispersando el voto lo más posible para asegurar la vulnerabilidad del contrincante de Fujimori, que con su núcleo duro de votantes llegaría sin duda a la segunda vuelta. 32 candidatos compitieron por la presidencia en la primera vuelta y que menos del 20% de los electores votaran por quienes pasaron a la segunda.

    La lucha por el segundo lugar fue tan reñida que el candidato de ultraderecha católica Rafael López Aliaga se negó a aceptar los resultados y aseguró como lo hizo Keiko en el 2021 que se había cometido fraude. Se forzó la renuncia del Jefe del organismo electoral, único funcionario que no estaba en manos del fujimorismo y la discusión sobre la legalidad de los comicios se dilató tanto que la segunda vuelta, que en el Perú suele durar unas seis semanas se redujo a tres. Y si bien Roberto Sánchez logró establecer una alianza con todas las fuerzas de izquierda y algunas de centro, y recibió el apoyo de varias personalidades de la prensa y del anti-fujimorismo, esto no fue suficiente para detener a su contrincante.

    La campaña del miedo volvió con una virulencia aun mayor y en su cuarto intento de llegar a la presidencia, Fujimori no dejó nada al azar. La ultraderecha le dio todo su apoyo y los resultados hablan por si mismos. El país está completamente dividido. Ella domina como siempre la costa y la baja Amazonia, mientras que el sur y todo el espacio Andino ha votado por Roberto Sánchez. En algunas localidades, las más pobres, él ha sacado el 99% de los votos mientras que en las más afluentes ella ha logrado un 80%. Los votos del extranjero que son menos del 3% del total han jugado un papel preponderante porque en las plazas fuertes: Argentina, Chile, Miami, Madrid y Milán, Fujimori ha tenido una alta votación, a pesar del ausentismo.

    El conteo ha sido a cuentagotas, con Fujimori liderando primero y Sánchez tomando ventaja al segundo día cuando se contabilizaron las actas de las provincias más alejadas de la capital. El miércoles con la llegada de los votos del extranjero ella volvió a tomar la delantera primero con 600 votos, pero ahora la diferencia es de más de 18,000 a su favor. Quedan unas 1300 actas impugnadas, que deben ser revisadas por los Jurados Electorales Especiales, de donde habrá unos 250,000 votos, de los cuales la mayoría se inclina por Fujimori.

    El camino ha sido largo y tortuoso y su dificultad de llegar al poder ha quedado una vez más al descubierto. Pero la experiencia y la capacidad de cambiar las reglas le ha dado la posibilidad de llegar al poder. En este momento su agrupación política cuenta con el control de todos los poderes del Estado y así en un mundo polarizado y una región cada vez más inclinada a la derecha, Keiko Fujimori ha ganado la presidencia peruana.