Federico Orlando es una de las personas que me enseñaron a pensar como pienso. Buena parte de lo que creo sobre el derecho como una práctica de dar razones, y sobre la obligación de tomarse en serio a quien piensa distinto, lo aprendí de él (y de aquel glorioso curso que daba los miércoles a la mañana con Silvina Ramírez, Nico Tauber, y otros). Por eso, leí su respuesta a mi columna con la alegría de encontrarme con mis propias ideas discutidas por alguien que me ayudó a formarlas. Y también con la incomodidad de siempre, porque Orlando volvió a hacer lo que hizo conmigo tantas veces, lo que hace un buen maestro: tomar algo que yo creía tener claro y obligarme a pensarlo de nuevo, y mejor.
Quiero poner en el centro de esta réplica una imagen que él presenta al final de su texto. Según su reconstrucción, en mi columna yo me preguntaba quién iba a ocupar la silla vacía del otro lado de nuestra conversación pública, dada la emergencia de una nueva derecha que no parece querer sentarse a dar ese debate. Él, en su texto, sospecha que el problema es otro, y que “lo que está desapareciendo es la mesa en la que estábamos acostumbrados a discutir”. Ahí está, creo, el núcleo de nuestro desacuerdo. La tesis que quiero proponer acá es que esa mesa de discusión es, en última instancia, el derecho mismo, entendido como una práctica de dar razones, y que no podemos prescindir de ella. Para defenderla voy a recorrer tres preguntas que el texto de Orlando deja planteadas: si la mesa realmente está desapareciendo, con qué disposición nos sentamos en ella y cuáles son las reglas que determinan cómo discutimos cuando estamos allí. Al final, le voy a conceder algo importante sobre quiénes quedaron afuera.
La primera pregunta es si la mesa de discusión está, efectivamente, desapareciendo. Empiezo por lo que compartimos, que es mucho. Orlando sostiene que una de las características más visibles de la nueva derecha es su impugnación a la autoridad de las élites tradicionales para fijar los términos de la conversación pública. Estoy de acuerdo, y de hecho era mi primera hipótesis: siguiendo el programa que Murray Rothbard trazaba en 1992, la nueva derecha es populista y, por lo tanto, antielitista, y es lógico que no busque interlocutores con sofisticación profesional ni quiera sentarse a discutir con ellos. Por eso tampoco me sorprende que, incluso en Estados Unidos o en el Reino Unido, quienes intentan darle a esta agenda una forma jurídica sofisticada sean tan pocos y tan elusivos. Tampoco discuto que los medios cambiaron, como recordaba en la columna al señalar que Agustín Laje es un fenómeno de YouTube y Olavo de Carvalho, de los blogs.
Hay, sin embargo, un dato que en mi columna quedó apenas sugerido y que el antielitismo no alcanza a explicar. Esta es mi sutil diferencia empírica con Orlando. Creo que los juristas que podrían defender las medidas del actual gobierno argentino no son una entelequia, ni una especie nueva que se expresa en formatos que nosotros no sabemos leer. Son, en muchos casos, personas que conocemos, que estuvieron siempre a nuestro alrededor y que ahora, simplemente, resulta que están de acuerdo con “las ideas de la libertad” (sic), como las llama nuestro presidente. Son personas que tienen cátedras, escriben libros, dirigen revistas, firman dictámenes y litigan en los tribunales. Conocen la mesa de discusión de memoria, porque se sentaron en ella durante décadas, y no parecen haber perdido el respeto por sus reglas cuando se trata de otros temas. Y, sin embargo, sobre el DNU 70, sobre la reforma migratoria o sobre la salida de la OMS, callan. Mi intuición es que en ese silencio hay más cobardía que transformación radical de los términos del debate.
En los tribunales pasa algo distinto, aunque con el mismo resultado. Ahí, porque le conviene, el gobierno sí se sienta y habla, pero para sostener, por ejemplo, que las razones de necesidad y urgencia son cuestiones políticas no justiciables, es decir, para no dar razones de fondo. Y la Corte, con su agenda de no decidir, completa el cuadro. En las últimas semanas mostró que puede resolver rápido cuando quiere: después de tener más de dos años el caso del CECIM, tardó diez días en suspender la derogación de la Ley de Tierras en el de Árbol de Pie, aunque ni así dijo una palabra sobre la validez del DNU 70. Si no decide, es porque elige —cobardemente, una vez más— dejar la silla vacía o sentarse en ella y callar.
Comparto, entonces, la preocupación de fondo de Orlando: la mesa de discusión por momentos se vacía, por momentos sus participantes se quedan callados a propósito, y corremos el riesgo de quedarnos hablando solos. Lo interesante, creo, es que nadie se anima a decir abiertamente que se va, o a intentar romper la mesa a patadas. Nadie impugna la existencia de la mesa; se hacen los que la ignoran, pero siguen defendiendo su relevancia cuando les conviene. (Recuerdo que con Orlando leímos en aquel curso mítico a Jon Elster, que elogiaba la “fuerza civilizadora de la hipocresía”: quien finge respetar unas reglas queda, en parte, atado a ellas.) Aunque critiquen a los republicanos, no prescinden del todo del derecho, y mientras sigan usándolo, siguen sentados a la mesa, y podemos exigirles que hablen. Por eso, creo que la mesa de discusión no está desapareciendo, sino que la usan cuando les conviene y la esquivan cuando no. O eso quiero creer, quizás.
La segunda pregunta es con qué disposición nos sentamos a la mesa de discusión, y ahí aparece la objeción que apunta al final de mi columna. Yo escribí que el mejor argumento —no me cabía duda— estaba de nuestro lado. Orlando lee esa frase como una clausura, una invitación tramposa que en criollo diría “entren a nuestra conversación para que podamos demostrarles por qué están equivocados”. Le concedo que la frase, así sola, puede sonar de ese modo, pero no es lo que quise decir. En este punto hablo desde dentro del debate, como participante y no como árbitro, y no creo tener acceso privilegiado a una única respuesta correcta que los demás no ven. Creo en la discusión, y entro a ella con ideas claras y con convicciones que pienso poner sobre la mesa. Tener convicciones no es lo contrario de estar dispuesto a revisarlas, sino la condición para que haya algo que revisar. De eso se trata, en definitiva, la mesa de discusión: de que haya voces que articulen sus verdades parciales y las pongan en diálogo con las de los demás.
Dworkin es, una vez más, el mejor ejemplo. Pocos defendieron con tanto énfasis que en el derecho hay respuestas correctas, y pocos se tomaron tan en serio a sus adversarios. Para él, decir que una posición era la mejor no implicaba pararse fuera de la discusión, sino que era la forma misma de participar en ella. Reconstruir los argumentos del adversario no es apropiarse de su voz, sino la única forma de averiguar si uno tiene razón. La invitación, además, es sincera: si alguien escribe una defensa del DNU 70 mejor que la que yo puedo imaginar, quiero leerla y estoy dispuesto a que me convenza. Que hoy no crea que eso vaya a pasar no le quita sentido a la invitación; al contrario, se lo da.
Dicho esto, le agradezco a Orlando la insistencia, porque señala algo que la mesa de discusión necesita para funcionar: humildad y amplitud a la hora de sentarse. Iris Marion Young lo pensó con especial lucidez. Criticó a las teorías de la deliberación por privilegiar un único modo de hablar, sereno, argumentativo y desapasionado, que deja afuera a muchos, y propuso abrir la conversación a otras formas, como el relato, la retórica o el simple saludo. También insistió en que escuchar de verdad al otro exige cierta humildad, la de aceptar que nunca podemos ponernos del todo en su lugar y que su perspectiva puede sorprendernos. Pero Young no quería patear la mesa, sino agrandarla.
Algo parecido nos enseñó, a Orlando y a mí, Silvina Ramírez, a quien ambos admiramos y queremos tanto. Desde la defensa de los derechos de los pueblos indígenas, Silvina insistió durante años en que el derecho no puede pensarse desde una sola cultura, y señaló los límites de la “matriz liberal” de nuestra Constitución para proteger a los pueblos originarios. Pero tampoco ella pateó la mesa: nos enseñó, más bien, a ampliarla para que entren tantas sillas como sea posible. Esa capacidad de revisar constantemente las propias creencias, incluso (y especialmente) frente a desafíos radicales, no es incompatible con la mesa de discusión tal como la conocemos. Es esa mesa, en definitiva, creo, la única que puede garantizarla.
La tercera pregunta es en qué términos deberíamos discutir, una vez sentados a la mesa de discusión. Es una pregunta parecida a la anterior, pero con la perspectiva menos subjetiva, enfocada en las reglas de la conversación y no en la sensibilidad de las y los participantes. Acá aparece la objeción más fuerte de Orlando. ¿Quién decide, se pregunta, “cuáles son los lugares y formatos en los que una idea debe formularse para adquirir el estatuto de producción intelectual”? Y sugiere que la nueva derecha quizás “tenga algo de razón” al desconfiar de una conversación cuyas reglas fijamos otros (nosotros). En otras palabras, su análisis pasa de lo descriptivo a lo normativo, y plantea que quizás debamos cuestionar la mesa de discusión misma o, como mínimo, sus reglas.
Coincido con la parte descriptiva: esa desconfianza existe y ayuda a entender por qué una parte de la nueva derecha ni siquiera se sienta a la mesa, como dije más arriba. Pero que algo explique un fenómeno no quiere decir que lo justifique. Para saber si esa desconfianza está justificada, conviene distinguir dos cosas que creo que el texto de Orlando tiende a juntar. Una es el medio, y sería absurdo negar que discutir en YouTube, en podcasts o en Twitter cambia la forma de argumentar, o lamentar que aparezcan nuevos formatos, nuevos públicos y nuevos intermediarios. Otra cosa muy distinta es la exigencia de dar razones, que no depende del medio, porque se puede argumentar bien en un video de tres minutos y mal en un libro de mil páginas. Desconfiar de nuestros formatos puede ser legítimo; desconfiar de la exigencia de dar razones, en cambio, no lo es.
Orlando sospecha, además, que detrás de mi diagnóstico puede haber cierto fetichismo de las formas, y se pregunta si no estaremos “confundiendo la ausencia de producción intelectual con la ausencia de una determinada forma de producción intelectual”. Es una pregunta que vale la pena tomarse en serio. Creo, de todos modos, que lo que añoro no es tanto una forma como un contenido. Por eso en la columna proponía buscar esos argumentos en todos lados, también en videos de YouTube, en decisiones judiciales, en normas, en dictámenes y hasta en silencios, y por eso en mi trabajo sobre antiglobalismo me tomé en serio lo que Laje y Olavo de Carvalho dicen en YouTube y en blogs. Lo que todavía no encontré, en ninguno de esos lugares, es una explicación de por qué estaría bien que el Ejecutivo haga lo que hace. Si aparece en un video de tres minutos, me encantará discutirla.
Habermas tiene una propuesta que sirve para pensar esto. En sus trabajos sobre religión y esfera pública sostiene que no hay que excluir de la conversación democrática a quienes argumentan desde sus convicciones religiosas, aunque sus razones no resulten accesibles para todos. Lo que hay que hacer es traducirlas, es decir, encontrar en esos lenguajes razones que cualquiera pueda discutir. Y esa traducción es una tarea compartida, que no recae solamente sobre los creyentes. Mi propuesta de reconstruir “a su mejor luz” los argumentos de la nueva derecha va en esa línea. No pretende imponerle a nadie un formato, sino ser un ejercicio de traducción, generoso y amplio, que solo exige que al final haya algo para discutir. Tampoco le quita la palabra a nadie: si la nueva derecha cree que la reconstruí mal, puede decirlo, y sería de hecho la mejor noticia.
En el fondo, me parece, nuestra discusión repite una más clásica, la de los límites del proyecto de la modernidad. Y la versión más seria de la objeción de Orlando no es la del relativismo, sino una crítica mucho más difícil de responder. Amy Allen, en su discusión con Habermas, mostró que buena parte de la teoría crítica descansa en un supuesto que rara vez se explicita: que las formas modernas de argumentar son el resultado de un aprendizaje y que, por eso, son mejores que las que vinieron antes. Pero la modernidad es, al fin y al cabo, el producto contingente de una época y de un lugar, la Europa de los últimos siglos, y elevarla a parámetro universal tiene algo de provinciano. Esa me parece que es, en última instancia, la pregunta central de Orlando. ¿Por qué deberíamos aferrarnos a las formas de discusión que aprendimos, si no son universales sino el reflejo de un tiempo y un lugar determinados? ¿Por qué no estar abiertos a que lleguen otras, quizás mejores, como llegaron en otros momentos? Creo que la pregunta es certera y que hay que tenerla presente todo el tiempo, sobre todo cuando discutimos con quienes sienten que esas reglas nunca fueron del todo suyas. Por eso le agradezco a Orlando, una vez más, el recordatorio, que me parece absolutamente necesario.
Aun así, todavía no encontré nada mejor que lo que Habermas llamó el proyecto inacabado de la modernidad. Quizás yo sea un iluminista fuera de época, que argumenta en sepia mientras el mundo se transforma en technicolor (o en HD, 4K, o como se llame ahora) a su alrededor, pero sospecho que Orlando tampoco lo encontró, y este mismo debate es prueba de ello. En una conferencia de 1980, Habermas sostenía que, en lugar de dar ese proyecto por perdido, había que aprender de los errores de quienes intentaron negarlo. Esa es, más o menos, mi posición: aferrarse a sus principios y revisar una y otra vez sus prácticas. Las críticas posmodernas (la sospecha frente a las credenciales, la atención a quién habla y desde dónde, la conciencia de que las reglas de una conversación nunca son del todo neutrales) sirven justamente para eso, pero no autorizan un relativismo sobre los procedimientos con los que gobernamos nuestra vida en común. Bruno Latour, que hizo tanto por desconfiar de la autoridad de los expertos, lo advirtió con alarma hace ya más de veinte años, cuando vio que las herramientas de la crítica habían pasado a manos de quienes negaban el cambio climático o creían en conspiraciones. Podemos criticar todo lo que queramos, incluso los términos en que se da la discusión, pero seguimos necesitando alguna idea de racionalidad compartida para poder dar la conversación. El propio Orlando usa esta idea cuando nos advierte que no son lo mismo Deneen o Zanotti que Nicolás Márquez o Laje.
En el derecho, además, esa racionalidad compartida no es un capricho de los académicos, sino algo que está en su naturaleza misma. A diferencia de la pura fuerza, el derecho aspira a ser legítimo, es decir, pretende que quienes están sujetos a él lo obedezcan porque tienen razones para hacerlo, y no solo por miedo. Por eso, cada vez que manda, explica: el DNU tiene que acreditar las circunstancias excepcionales que lo habilitan, el acto administrativo tiene que estar motivado y la sentencia tiene que estar fundada. Un derecho que renuncia a dar razones deja de intentar convencer y se conforma con imponerse. Eso es, creo, lo que está en el fondo de esta discusión. La mesa de discusión de la que habla Orlando no es la academia, ni las revistas, ni los congresos. Es el derecho mismo. La academia, en todo caso, puede ayudar a que esa mesa funcione mejor, a que las razones que circulan en ella sean más claras, más consistentes y más fáciles de discutir. Reconozco que esa convicción puede ser un sesgo profesional (al fin y al cabo, soy académico), aunque prefiero leerla, a su mejor luz, como una vocación genuina. Pero, sesgo o vocación, la mesa no depende de nosotros, y de ella no podemos prescindir, porque sin ella lo que queda ya no es derecho.
Queda para el final la concesión que anuncié al principio y que vengo presentando de a poco. Hay algo en lo que Orlando tiene toda la razón y que mi columna dejó afuera: la pregunta por lo que nosotros (ese “nosotros” difuso con el que vengo trabajando, un poco a propósito) podemos aprender de todo esto, que es mucho. En el trabajo sobre antiglobalismo que citaba en la columna sostuve que estos discursos prenden porque recogen un malestar genuino (que en aquel texto asociaba a la impotencia de nuestras instituciones democráticas para cumplir sus promesas en un mundo cada vez más interdependiente), aunque después lo devuelvan en una imagen distorsionada. Y el mundo del derecho no es inocente en esto. Las credenciales funcionaron muchas veces como peaje, y la mesa de discusión fue, durante mucho tiempo, más chica de lo que debería haber sido. Si la nueva derecha desconfía de nosotros, no es solamente por culpa de Rothbard. La lección, me parece, no es abandonar la mesa, sino hacerla más grande.
Para cerrar, vuelvo sobre una sospecha de Orlando: que detrás de mi pregunta hay cierta nostalgia. Puede ser, aunque no se trata de nostalgia por un adversario elegante al que derrotar en un congreso, sino de la convicción de que, si esa mesa de discusión desaparece, lo que nos queda para resolver nuestros desacuerdos es bastante peor: la fuerza, el número o, en el mejor de los casos, el algoritmo.
Tengo, además, una desconfianza más de fondo, y es que no creo que ese mundo sin mesa sea posible. La mesa puede degradarse, achicarse o llenarse de sillas vacías, pero no conozco ningún esquema de poder que haya podido prescindir del todo del derecho (entendido como esa aspiración mínima a argumentar racionalmente). Hasta el poder más descarnado necesita, para durar, presentarse como algo más que fuerza, y para eso tiene que dar razones, aunque sean malas. Los gobiernos de facto dictaban actas y estatutos; este gobierno dicta decretos de necesidad y urgencia y manda a algún pobre abogado/a a poner cara de piedra y litigar para defenderlos. En la Argentina, además, esa necesidad pesa todavía más. Aun en este momento libertario, quedan entre nosotros resabios de aquella pulsión igualitaria que alguna vez nos caracterizó, y una sociedad así no se deja mandar sin que le expliquen por qué. Esa exigencia, por más debilitada que esté, es la que mantiene la mesa en pie.
Al final de su texto, Orlando reconoce que el mundo cambió (¿está cambiando?) demasiado, demasiado rápido, y que no tiene una solución para proponer. Yo coincido con esa preocupante lectura, y tampoco tengo una solución, pero sí creo que, si la mesa de discusión está en peligro, la tarea no es describir su desaparición, sino defenderla. La mesa puede estar endeble, pero que se caiga o no depende de si se la abandona o se la sostiene. Y la forma de sostenerla es la de siempre, la que aprendí, entre otros, de él: sentarse, dejar libre la silla de enfrente y seguir discutiendo. Con esta respuesta, Orlando hizo exactamente eso. Le agradezco que, una vez más, me haya obligado a pensar mejor.