En el marco de un mundial por muchas razones inolvidable —quizás, aún más inolvidable que la consagración de Qatar— quisiera dejar anotado una idea quizás descabellada: la de que se ha producido un milagro, que éste posiblemente desaparezca pronto, y que si no lo escribo no quedará de él ni siquiera la memoria de que pudo haber sido. Y es un milagro raro, que puede ser corriente en muchos países pero que —en la Argentina— es inusual. De ahí su carácter efímero, quizás incluso ficticio. Es decir: reconozco que puedo estar inventando esto que voy a decir, quizás sea el resultado del desequilibrio que producen las emociones fuertes. En una semana puedo perfectamente darme cuenta de que exageré. Pero bueno.
La representación es uno de los conceptos más importantes de la teoría política moderna. Tengo una pequeña sección de la biblioteca más o menos ordenada en torno a a ella; estiro el brazo y corro a Messi para tomar el volumen de X de Nomos (1968) sobre el tema, y abro el libro al azar. Me encuentro por mis notas al márgen que leí apenas dos contribuciones: una de Hanna Pitkin volviendo sobre la cuestión de la paradoja de la represenación en una democracia, y otra de Harvey C. Manfield Jr. sobre el concepto medieval de representación y su vinculación con la era moderna. Un párrafo subrayado que encuentro rápidamente, sin entender de dónde viene:
“Las fuerzas religiosas deben dar poder a las ideas políticas, pero las necesidades prácticas tienen más poder que las fuerzas religiosas. Estas últimas son el motor de las ideas políticas con la condición de que no mantengan a las ideas religiosas en contra de las necesidades prácticas, esto es, con la condición de que no sean ni ideas ni especialmente religiosas”.
Localización real de Leo en la biblioteca, sin cambiarlo de lugar para la foto.RAU
En el marco del delirio post mundialista, el párrafo resuena extrañamente. Miro a Messi, quien está en todas partes, omnipresente, en la calle en los bares en la bandera de mi vecino. Miro a Messi en su figurita de plástico, apoyado sobre el tomo verde, una figurita torpe que —caigo en la cuenta— perdió la pelota que tenía debajo de su pie derecho. (Si la representación práctica en el sentido de pictórica, dramática, descriptiva, como dice Pitkin, fuese correcta, la pelota debería haber estado debajo del pie izquierdo, pero la representación —es sabido— nunca es perfecta). Messi, el messías, el profeta que hace años prometió un mundo nuevo (“traerla”) y que atravesó el desierto de las finales perdidas, se eleva sobre el resto de los argentinos que han pateado una pelota. Se eleva no sólo por su indudable talento, se eleva por haber sido elegido por Dios para ello —esta es, a fin de cuentas, la explicación qué el mismo da de su excepcionalidad— pero también se eleva como quien es de aquí y no es al mismo tiempo (porque nunca jugó en el fútbol argentino) y cuyo camino del héroe empezó en tierras lejanas. Hay quienes nos enamoramos de él viendolo de lejos, por televisión, bajo el ala protectora de Pep Guardiola. Era nuestro pero no tanto. Hasta que, acercándose al ocaso, decidió que el final de su carrera iba a estar atado al destino de su tierra.
Messi opera como un representante en diversos sentidos, se le impone —contra su voluntad— esa carga. Al comienzo fue la representación del número uno, las comparaciones con el otro más grande de la historia 1 estaban en su momento al orden del día. Eran los tiempos del profeta extranjero qué no ejerce en su tierra. Pero más o menos por ese tiempo, también se convirtió en el líder indiscutible de una generación de futbolistas más jóvenes que él (los de su generación lo acompañaron con honor hasta la final de 2014) que crecieron idolatrándolo y, al conocerlo, se convirtieron sencillamente en seguidores y discípulos. Y —como enseñan en Nomos X— el liderazgo es una forma de representación.
Además, es un representante de un país periférico al que hizo famoso, o al que le renovó la fama que acarrea ese diez en esa camiseta. Una camiseta que es, en cierto sentido, una bandera. Desde que colectivamente aprendimos a amarlo sin reproches —la única forma de amar— es, además, un representante de aquello que somos, lo que nos gustaría ser, o de aquello por lo que nos gustaría ser recordaros. En su forma de ser, su sencillez, y su humildad, Messi representa virtudes que habitualmente identificamos como deseables, como la amistad, la lealtad, la famila, y el buen don de gente 2. Creo que no sería demencial pensar que los argentinos aspiramos a eso, o que eso que vemos desde lejos (porque, lógicamente, lo vemos a Leo desde lejos) describe más o menos bien la idea que tenemos de felicidad.
Y en un sentido medio ridículo Messi es un representante político. En un campo particular, lo más importante de las cosas menos importantes, es el centro de un equipo de fútbol que atraviesa todo tipo de grieta, que une a los más acérrimos adversarios, quienes en el marco de un gol que da vuelta un 0-2 para ponerse 3-2 arriba son capaces de abrazarse sin mentira. Lo vivimos en la demencial locura colectiva de aquel verano de 2022 y lo vivimos en este mundial absurdo de partidos imposibles y goles tardíos (la desilusión de la final quizás tuvo que estar para que podamos extraer aún más lecciones de esta historia). Un equipo que representa a un pueblo de fanáticos de un país es una forma de representar —dentro del campo de juego— a una nación.
Y ello explica por qué la defensa de esa selección en su derrota y ante críticas injustas fue tan unánime, tan extendida, tan abarcativa desde el punto de vista de un arco político polarizado y pendenciero, tanto por la mini tangana final —una cosita pequeñita, similar a la de la final del Mundial de Clubes que tuvo al gran Luis Enrique de protagonista— como la supuesta “espalda” a los campeones (acusación ridícula que sólo puede hacerse si se rechazan por falsos todos los párrafos anteriores). Y ni hablar de las notables y persistentes acusaciones de un supuesto racismo extendido, de la selección, de su capitán, de sus hinchas, de la Nación 3. Con Leo, espalda contra espalda. Argentina contra todos.
¿Se puede hacer algo con todo esto? ¿Se puede convertir algo de todo esto en algo más? ¿Puede transmutarse el paso de un mesías en algo nuevo — otra vez? Toda la escatología judeo-cristiana sugiere que sí, podríamos extraer de ahí algunas ideas. Por las grietas se filtra la luz, entonces —quizás— en la locura colectiva de 2022 y en este mes insólito podamos haber vislumbrado una idea borrosa de algo que puede ser, una idea de una nación más o menos orgullosa de sí misma, qué es capaz de sentir algo en común, colectivamente, de identificarse con otros, con quienes están circunstancialmente al lado nuestro en ese subte después de Egipto, con alegría e incredulidad. Vuelvo sobre Mansfield y el párrafo citado se me hace algo menos ridículo. En La imaginación profética, Walter Brueggermann discute el rol de los profetas en el Antiguo y el Nuevo Testamento, un rol que está vinculado a sacarnos del letargo que produce lo que él llama la “conciencia real” (en el sentido de regal o monárquica). Eso lo hacen de distintas maneras, pero —en general— tienen que ver con habilitar una imaginación nueva, energizar a una comunidad anestesiada.
“La conciencia alternativa creada por Moisés también proporciona una modelo para energizar. Moisés y esta narrativa crean la sensación de nuevas realidades en las que se puede confiar y en las que se puede confiar justo cuando las viejas realidades nos habían dejado sin esperanza. Es tarea del profeta expresar las nuevas realidades frente a las más visibles del viejo orden. Energizar está íntimamente ligado a la esperanza. Nosotros somos energizados no por lo que ya poseemos sino por lo que está prometido y a punto de ser dado”.
En este sentido, Maradona era —quizás— un representante más descriptivo de la argentinidad, porque era capaz de lo más maravilloso y los más abyecto al mismo tiempo, el partido con Inglaterra engloba todo eso. Era también poseedor de virtudes menos nobles pero no menos deseables, como la viveza en la discusión pública e intervenciones memorables en ese sentido. El pibe hasta cantaba lindo. ↩︎
Sobre esto hay cosas para pensar sin locura, y algunas cosas ya se han dicho. Caparrós, por caso, ha dicho lo suyo y aquí lo hemos republicado. ↩︎