Para quienes ejercemos la abogacía y amamos el cine, las películas de jurados son clásicos dentro de los clásicos. Ese territorio, casi por defecto, tiene coordenadas norteamericanas. Películas ineludibles como Doce hombres en pugna, comedias judiciales como My Cousin Vinny o la más reciente entrega del incombustible Clint Eastwood —siempre atento a las tensiones entre la vida y sus formas de justicia— han trazado un imaginario tan potente que se vuelve difícil pensar la justicia cinematográfica desde otro lugar.
El cine de otras latitudes ha sabido encontrar en ese mismo territorio sus propias preguntas, más incómodas y menos resueltas. Ya tuvimos una aproximación al sistema judicial francés en la aguda Anatomía de una caída (Justine Triet, 2023). Samuel Theis firma —esta vez desde la silla del director— una película igualmente incisiva, aunque más pausada y contemplativa, en la que un tribunal francés vuelve a funcionar como lente desde donde observar el mundo. Una vez más, el derecho aparece encarnado en los hombres y mujeres de un pueblo pequeño, para mostrarnos el peso —real y simbólico— que las instituciones jurídicas ejercen no solo sobre los individuos, sino sobre las comunidades que las sostienen y que, a veces, se quiebran bajo ellas.
La película
Je le jure es una película de gente rota. Lo que nos revela es simple y demoledor: todos estamos rotos. La diferencia está en los pliegues, las grietas y los intersticios que cada uno carga.
El protagonista es Fabio, un hombre en sus cuarenta que trabaja en un centro de reciclado de chatarra como forma de subsistir. Sus horas libres las dedica a salir, consumir y evadirse. Encarna una masculinidad reconocible, hecha de silencios y distancia. Mantiene una relación sentimental con una mujer mayor que le brinda contención y afecto genuinos, aunque él se niega a reconocerlo. Es alguien que aprendió a vivir en los márgenes.
Fabio es convocado a integrar un jurado en su pueblo. Al principio el deber lo fastidia, pero paradójicamente termina llenándolo de vida. El caso en el que debe intervenir es una apelación: un joven de origen africano, pobre y marginado, fue condenado a quince años por provocar la muerte de un bombero en un episodio de piromanía. El caso dista de ser sencillo. El joven no niega su responsabilidad, pero lo que la película muestra es que padece una compulsión —la piromanía— y que ningún sistema supo qué hacer con ella. Ni la familia, ni el sistema educativo, ni la salud pública, ni, finalmente, el sistema de justicia.
Lo que el derecho no repara
Personas rotas en un mundo que cuenta con sistemas que intervienen pero no ayudan; que existen pero no abrigan; que procesan pero no comprenden. Fabio se involucra en el caso porque sabe —con esa sabiduría práctica que solo da la experiencia— que los quince años de encierro no solucionan nada. Para nadie.
Quizás en eso resida la pregunta más honesta que Le Juré le formula al derecho: no si la condena es justa, sino si la justicia —y quienes la aplican— puede brindarle algo a quienes están completamente rotos. Y si acaso, entre tanto procedimiento, hay lugar para algo humano.