Hace pocos días se publicò “Izquierda y Polìtica” de Roberto Gargarella (Infobae Ediciones, pueden ver una entrevista al autor acà), en la que además de izquierda, hay mucho derecho. Sin que esto sea una reseña académica, queremos hacer un breve aperitivo, casi un texto de hipotética contratapa, e invitarlos a que lean (lo pueden tener gratis vìa bajalibros, o descargar el epub en este enlace]
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1. En este ensayo Roberto Gargarella sostiene una tesis incómoda: la izquierda latinoamericana lleva dos siglos sin poder sostener a la vez los dos ideales que animaron las revoluciones de independencia —el autogobierno colectivo de las comunidades y la autonomía individual de cada persona para vivir como quiera. Conservadores, liberales y radicales fracasaron cada uno a su modo: el conservadurismo desafió ambos ideales a la vez; el liberalismo sacrificó el autogobierno en nombre de la libertad personal, y terminó una y otra vez pactando con el conservadurismo para ganar la estabilidad que no lograba por sí solo; el radicalismo, por su parte, tendió a resignar las libertades individuales en nombre del poder colectivo.

2. Ese vacío, argumenta, sigue sin llenarse, y los gobiernos que en las primeras décadas del siglo XXI se proclamaron progresistas no escaparon a la misma lógica: hiperpresidencialismo, concentración económica y restricciones a la libertad personal reaparecieron bajo consignas distintas. Las cifras acompañan el diagnóstico: el decil más rico de la región concentra casi la mitad del ingreso, la presión tributaria es la mitad que en los países desarrollados, y millones de abortos clandestinos se practican cada año en un continente que sigue criminalizando la vida de las mujeres más pobres.
3. Frente a ese cuadro, Gargarella no busca bosquejar un proyecto nuevo sino que busca recuperar la tradición del radicalismo latinoamericano del siglo XIX —de Artigas a los liberales-radicales mexicanos y colombianos— para proponer tres compromisos simultáneos: desconcentrar el poder político, democratizar la riqueza y proteger sin condiciones el derecho de cada quien a vivir según sus propias convicciones.
4. Qué tipo de ciudadano y qué tipo de democracia necesita quien quiere sostener, a la vez, el autogobierno colectivo y la autonomía individual? Gargarella retoma, desde la vieja tradición republicana, una objeción al mercado más profunda que la simple corrección de sus fallas: no alcanza con preguntar si genera bienes públicos o desigualdad, sino qué tipo de ciudadano termina formando una sociedad organizada en torno al interés privado, y si ese ciudadano —calculador, desinteresado de lo público— es compatible con una comunidad que se autogobierna.
5. En el tramo final, el autor pasa del diagnóstico histórico a un análisis situado del presente. En materia política, señala que la concentración de poder no se limita al hiperpresidencialismo: se irradia a estructuras patriarcales que persisten en las cúpulas empresarias, los sindicatos, la universidad y los tribunales, pese a avances reales como la creciente presencia de mujeres en la presidencia regional. En materia económica, sostiene que una década de gobiernos “progresistas”, ayudados por el buen precio de las materias primas, no logró revertir la desigualdad estructural de la región —hoy todavía la más desigual del mundo—, y que medidas como las nacionalizaciones o las políticas antimonopólicas no equivalen automáticamente a una agenda de izquierda si no democratizan efectivamente el poder económico.
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Posdata con mirada fuera de la caja: lo que se presenta como programa de izquierda puede leerse a contrapelo como el liberalismo que el propio liberalismo latinoamericano nunca se animó a ser —despojado de su alianza histórica con el privilegio, y llevado hasta sus últimas consecuencias, si uno toma en serio la autonomía individual, el rechazo a la concentración de poder y la exigencia de que en la esfera pública, como dijera Francisco Bilbao, (1823-1865, escritor y polemista chileno, exiliado político, defensor del republicanismo radical), citado en el ensayo, “que ningún hombre dependa de ningún otro hombre”. Francisco Bilbao: extraordinariamente liberal.