La república y la democracia no siempre se llevan bien, muchas veces bastante mal. El golpe del 30 es un ejemplo de sus desavenencias. Haber inventado el fraude patriótico y la ley trampa fue una ocurrencia política de una creatividad asombrosa. Halperín Donghi habla de “perplejidad”.

Con el gobierno de Yrigoyen comienza el proceso democrático en nuestro país. Todos los varones adultos sin distinción de origen, raza o religión, tenían derecho al voto secreto. Duró catorce años. Más allá de las explicaciones y conjeturas del Golpe de Uriburu, si fue por la Standard Oil o por la senilidad del presidente, el consenso mayoritario que abarcaba en sus manifestaciones explícitas a la principal prensa, a importantes sectores reformistas de la población universitaria, a los partidos políticos, sostenía que el régimen no daba para más. ¿Por qué? Porque el pueblo no estaba preparado para vivir en democracia. No sabía elegir. No tenía razón, pero no porque estuviera equivocado, sino por carecer de la facultad de raciocinio que es la que supone diferenciarnos de los animales. La racionalidad política ni es intuitiva ni espontánea. Debe ser tutoreada y tutelada. Desde Kant no se concibe la libertad ni como idea ni como práctica sin la razón.

Las expresiones de la dirigencia política subrayaban que no se puede delegar en la chusma la elección de los representantes del pueblo, menos aún ungir a un presidente que no es más que un demagogo, tomando en cuenta las tasas de analfabetismo — por lo general magnificadas —, la falta de raigambre de los habitantes que con frecuencia eran una primera generación de nativos, el desprecio de las elites hacia mestizos de toda índole, desde los hijos de la ruralidad gauchesca a los embarcados en Génova, pero como eran liberales y republicanos, mantuvieron la libertad de prensa y asociación, un gran estímulo a las artes, y un ojo puesto en la subversión anarco-comunista-forjista para que no se desmadre.

de ‘The Roots of Normativity’por Joseph Raz

La Argentina no era de todos, mejor dicho, no todos los que habitaban el suelo argentino eran argentinos aun siendo naturales. Pocos podían decir como Victoria Ocampo que la historia de su familia se confundía con la historia de la patria.

El país no estaba consolidado debido a ese aluvión de inmigrantes que recién se detuvo en la década del veinte. Años más tarde, en la que ya se apreciaba una población estable, para aprovechar esa pausa, irrumpe con premura la pregunta por el Ser Nacional.

Una vez que somos los que estamos… ¿quiénes somos? Los principales ensayistas de la década del treinta aportaban sus reflexiones sobre el tema. Lo hizo Eduardo Mallea que sostenía que detrás de la Argentina visible y filistea, habitada por mercaderes y oportunistas, dormía la invisible y auténtica; Scalabrini Ortiz que denunciaba a esos machos desembarcados en el puerto de Buenos Aires sedientos de sexo a la caza de nuestras mujeres porteñas o Martinez Estrada que decretaba el luto por un país originado en la bastardía de un hijo no reconocido, hijo de una madre blanca cautiva o de una india violada. Nuestros pensadores hablaban de corrupción, violación y resentimiento en el núcleo de nuestra argentinidad. La proscripción y el engaño parecía inevitable. Un problema era el tiempo. El fraude institucionalizado no podía ser un sistema sin fecha de vencimiento con una Corte Suprema que legitimaba la trampa.

El otro problema era la educación. La tarea educativa desde los tiempos en que se implementaba en Prusia en las primeras décadas del siglo XIX con las escuelas normales, con la difusión de las elaboraciones de Pestalozzi y de Horace Mann junto a Elizabeth Peabody, entre otros, derivaba sus enseñanzas y métodos pedagógicos del ideal ilustrado cuya sigla afirmaba que el conocimiento nos hace libres. La ignorancia nos hace esclavos. Por lo que así como los maestros y maestras enseñan a los alumnos, los pueblos educados instruyen a los pueblos ignorantes, bárbaros, salvajes, o como quieran llamarlos. Por eso la educación libera a la vez que justifica la dominación en nombre del Bien. Se entiende entonces que espíritus progresistas como Stuart Mill o Bentham sostuvieran que la India debía someterse al Imperio británico hasta que madurara en el rubro educativo a pesar de su exótica historia milenaria que no por eso dejaba de ser inepta para las exigencias de la representatividad liberal.

Es complicado adivinar cuál es el momento en que el pueblo satisface las condiciones para elegir de acuerdo a lo que Dios y la Razón manden. Sólo se tiene la certeza de que una vez educado el pueblo elegirá bien. Se habría civilizado.

En nuestro país, este proceso de índole civilizatoria llevado a cabo por conservadores y progresistas pertenecientes a los partidos tradicionales que debería haber puesto término a la proscripción, no pudo concretar sus objetivos al ser interrumpido por el Golpe de un grupo de militares en 1943 y el fallecimiento de dos de los exponentes más notorios de los años treinta: Agustín P. Justo y Marcelo T. de Alvear.

No sé si resulta clara mi intención teórico-política en este breve escrito sobre unos pocos años de nuestra historia. Por si no lo adivinaron, intento despejar el gran enigma argentino: me refiero al surgimiento del peronismo y a la mutación cultural que implicó su presencia.

Continuará.