[Viene del Substack de Cass Sunstein, con su autorización]
Este es un Substack de carácter académico, no político; pero, en fin, ¿por qué no?
2
Unas palabras de James Madison:
«Me baso en este gran principio republicano: que el pueblo tendrá la virtud y la inteligencia necesarias para elegir a hombres dotados de virtud y sabiduría. ¿Acaso no hay virtud entre nosotros? Si no la hay, nos encontramos en una situación lamentable. Ningún mecanismo de control teórico —ninguna forma de gobierno— puede garantizarnos seguridad. Suponer que cualquier sistema de gobierno pueda asegurar la libertad o la felicidad sin que exista virtud alguna en el pueblo es una idea quimérica. Si en la comunidad existe suficiente virtud e inteligencia, estas se manifestarán en la elección de dichos hombres. Por tanto, no dependemos de la virtud de los gobernantes ni depositamos nuestra confianza en ellos, sino en el pueblo encargado de elegirlos».
3
Algunos de los discursos de victoria estuvieron llenos de elegancia; en ellos se puso en práctica —o se reivindicó— la importancia de la bondad. El senador electo Talarico habló tras un podio en el que podía leerse «Ama a tu prójimo», y ese fue, precisamente, su mensaje central:
El uso que el senador electo Talarico hizo de las Escrituras fue elegante y delicado, aunque, en ocasiones, también firme. El senador electo Talarico rebosa elegancia y proyecta bondad, pero es más fuerte de lo que parece.
La gobernadora electa Amy Acton se esforzó especialmente por subrayar que pretende gobernar para todo Ohio, no solo para quienes la votaron: «Seré la gobernadora de todos los habitantes de Ohio. Estoy en esta lucha por todos nosotros. Mi promesa para Ohio… es que trabajaré con cualquiera y con todos». (No es algo original, pero es muy positivo decirlo; nunca pierde su vigencia).
A propósito de la bondad, la gobernadora electa hizo hincapié precisamente en ello («no confundáis la bondad con la debilidad»). Es loable ser un ganador elegante —en lugar de uno colérico, vengativo, revanchista o que se regodea en su triunfo—, y, en esta ocasión, hubo abundantes muestras de esa elegancia al ganar.
4
A veces parecía que la estrategia republicana consistía en decir, en todas y cada una de las elecciones, algo como lo siguiente: «Muhammed Talafreako es su candidato; Mike Paxton es el nuestro. ¿Acaso no prefieren a Mike Paxton?».
Es algo desagradable, horrible, y no funcionó.
5
El poder ejecutivo puede hacer muchísimas cosas, incluso sin contar con el Senado ni la Cámara de Representantes. De cara a los próximos dos años, es un punto fundamental que conviene tener presente.
Trabajé en la Casa Blanca en 2010, cuando perdimos la Cámara de Representantes y logramos conservar el Senado por muy poco. La pérdida de la Cámara no fue un asunto menor. Aun así, el aparato regulador —que yo supervisaba— no se vio afectado de forma drástica. Sabíamos que los republicanos controlaban la Cámara —y lo tuvimos muy en cuenta—, pero si existían argumentos jurídicos y políticos sólidos a favor de, por ejemplo, normativas de seguridad y salud, las sacábamos adelante. (Esto resume una historia mucho más larga).
6
La nueva cúpula de la Cámara de Representantes y del Senado tiene ante sí un sinfín de decisiones. Una cuestión inmediata es hasta qué punto priorizar lo que algunos llaman «rendición de cuentas» (mediante investigaciones, por ejemplo) frente a la labor legislativa destinada a generar beneficios tangibles para el pueblo estadounidense. Existen razones de peso para inclinarse por lo segundo y, tal vez, restar importancia a lo primero —en general, y sobre todo en un momento en que la ciudadanía está sufriendo—. Pero, como es lógico, habrá discrepancias al respecto.
7
Todo el mundo sabe —o debería saber— que el gobierno federal tendrá que reconstruir ciertas capacidades dentro del poder ejecutivo. Los funcionarios públicos, tanto republicanos como demócratas, lo reconocen en privado; los políticos republicanos también lo comentan en privado, mientras que los demócratas lo expresan tanto en privado como en público. Se trata de una tarea esencial para muchas de las funciones que el gobierno desempeña —o debería desempeñar—. Es necesario contratar (o volver a contratar) a profesionales de primer nivel.
No está claro, sin embargo, hasta qué punto la Cámara de Representantes y el Senado pueden influir en este aspecto. Pero el asunto debería estar en su radar, y ya es hora de realizar un esfuerzo —idealmente, de carácter bipartidista— para empezar a reflexionar sobre ello.