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  • En el mundo del deporte se puede afirmar, con cierto tono de voz asertivo: “Magic Johnson”, “Michael Jordan” o “LeBron James”. En filosofía, o en el ámbito académico en general, se dice, con ese mismo tono de voz: “Habermas”.

    Hace mucho tiempo, siendo un joven profesor de derecho, caminaba con John Rawls (¡qué privilegio! Era algo surrealista). Me preguntó: “¿Quién consideras que es el mayor teórico sobre la democracia?”. Si tuviera una nube sobre la cabeza que indicara lo que estaba pensando, diría: “John Rawls acaba de pedirte que nombres al mayor teórico de la democracia. Debes de estar alucinando o soñando. ¡Despierta!”. Resistí el impulso de salir corriendo. Murmuré algo y le pregunté qué opinaba. Respondió, con cierta solemnidad: “Habermas”. Luego hizo una pausa y señaló, con cierta emoción, que Habermas era alemán y había crecido bajo el nazismo.

    Tuve el privilegio de coincidir con Habermas en varias ocasiones. La curiosidad intelectual y la generosidad eran las facetas de su personalidad que primero llamaban la atención. Era un poco formal, pero muy amable. Parecía el mejor oyente del mundo. ¿Conocen la canción de Bob Dylan “Forever Young”? A mí Habermas me generaba esa impresión por su sinceridad y aprecio por los demás. Era más profundo que todos nosotros, por supuesto, y sabía infinitamente más, pero nunca daba la impresión de ser consciente de ello.

    Me gustaría mucho escribir algo nuevo sobre Habermas, pero su fallecimiento me ha dejado abatido. Por lo pronto, estas son algunas de las principales ideas que escribí, para el New York Times, sobre uno de sus mejores libros, Facticidad y validez, publicado originalmente en 1998.

    La mayoría de la gente sabe que la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos garantiza los derechos a la libertad de expresión y al libre ejercicio de la religión. Sin embargo, durante el primer Congreso, que sesionó entre el 4 de marzo de 1789 y el 3 de marzo de 1791, algunos parlamentarios propusieron, muy en serio, que la Primera Enmienda incluyera otro derecho: el derecho de los electores a “instruir” a sus representantes sobre cómo votar. El Congreso rechazó finalmente la propuesta. Roger Sherman sustentó el argumento principal en contra. A su juicio, los representantes tenían el “deber de reunirse con otras personas de diferentes partes de la Unión y consultar… Si se guiaran por instrucciones, la deliberación no tendría sentido”. “Un derecho a instruir destruiría el propósito de dichas reuniones”.

    Al rechazar el derecho a dar instrucciones, el primer Congreso consagró un singular concepto de la política. Se decantó por lo que podría denominarse una democracia deliberativa en la que los representantes rendirían cuentas ante el pueblo, pero también actuarían como parte de un proceso que valoraba el debate y la reflexión sobre todos los posibles cursos de acción.

    Habermas fue uno de los filósofos políticos más importantes del siglo XX. Durante gran parte de su vida se dedicó al problema de la legitimidad política. ¿En qué circunstancias es legítimo que las autoridades políticas, simples seres humanos, ejerzan poder sobre otros seres humanos? No resulta sorprendente que un filósofo alemán, que además vivió su adolescencia durante el periodo nazi y fue testigo o conocedor de incalculables atrocidades desde entonces, centre su atención en este problema. Habermas considera que la cuestión es especialmente apremiante en una era “postmetafísica” en el sentido de que se ha perdido el sentido y la razón de ser de contar con fundamentos externos sobre los cuales basar nuestros juicios y decisiones. Creamos o no en la existencia de Dios, parece claro que, como ciudadanos de una sociedad heterogénea, debemos actuar partiendo de la base de que nuestras decisiones nos pertenecen. Al insistir en este punto, Habermas traza una línea divisoria frente a los irracionalistas modernos, muchos de los cuales –como Foucault y Derrida– son influyentes en el ámbito académico contemporáneo. Habermas sostiene, de manera contundente, que quienes se oponen a la razón y al proyecto de la Ilustración no pueden dar cuenta del fundamento de su propia retórica, que parece inspirada en el compromiso ilustrado con la liberación humana.

    Habermas propuso una “teoría de la acción comunicativa” cuyo eje central es la “situación ideal del habla” como modelo teórico-normativo. Para que el diálogo se fundamente en el entendimiento mutuo debe estar libre de coacción o manipulación. El consenso se busca únicamente con base en la fuerza del mejor argumento. En la situación ideal del habla todos los participantes gozan de igual poder, tratan genuinamente de alcanzar un entendimiento, no actúan de forma manipuladora ni estratégica y son conscientes de su obligación de ofrecer razones. En esta situación los resultados dependen de lo que denomina “la fuerza no coercitiva del mejor argumento”.

    Estas son cuestiones con un alto grado de abstracción. Durante muchos años los estadounidenses, los alemanes y muchos otros se han interesado por las implicaciones prácticas de la obra de Habermas. Por ejemplo: ¿Podemos deducir un conjunto de derechos a partir de esas ideas? La política del mundo real dista mucho de la situación ideal del habla. ¿Podría esa noción influir en las obligaciones de los medios de comunicación en cuestiones de raza y género, o en la legislación sobre la financiación de campañas electorales? El libro de Habermas, Facticidad y validez, es tanto la cúspide de toda una vida de reflexión sobre la legitimidad política como su esfuerzo por acercar su argumentación a tierra firme mediante el desarrollo de nuevas interpretaciones del derecho, la democracia y su relación.

    Gran parte del análisis de Habermas gira en torno al estudio de dos concepciones de la democracia, que denomina “liberal” y “republicana cívica”. Según la concepción liberal, arraigada en la obra de Hobbes, la política es un proceso de negociación, una cuestión agregativa de intereses privados. Los liberales definen a los ciudadanos como titulares de derechos negativos frente al Estado. La política es, entonces, una lucha entre grupos de interés por el poder e la influencia. La concepción republicana cívica, arraigada en Aristóteles y Rousseau, es muy diferente: la política no es una mera cuestión de proteger nuestros intereses egoístas, sino un esfuerzo por elegir y poner en práctica nuestros ideales compartidos. Los republicanos cívicos conciben los derechos no como restricciones negativas al gobierno, sino como un medio para promover la participación en prácticas políticas mediante las cuales los ciudadanos se convierten en artífices de su propia comunidad. Consideremos los derechos a la libertad de expresión y al voto. Para los republicanos cívicos, la política es una cuestión de debate y de autolegislación donde las personas participan, no en negociaciones y compromisos, sino en formas de reflexión y diálogo.

    El hilo conductor del libro es el rechazo de Habermas hacia ambas posiciones y el esfuerzo por defender, en su lugar, lo que denomina “política deliberativa” o “democracia deliberativa”. Se trata, sin duda, de un ideal procedimental. Su objetivo es dar forma a la noción de una situación ideal del habla. Al igual que los republicanos cívicos, los demócratas deliberativos conceden gran importancia a la exposición de razones en el ámbito público. Pero, al igual que los liberales, están a favor de una frontera firme entre el Estado y la sociedad e insisten en un conjunto sólido de restricciones sobre lo que el gobierno puede hacer. Habermas entiende la regla de la mayoría no como una mera cuestión estadística, un esfuerzo por contar votos, sino como un amplio proceso social mediante el cual las personas debaten asuntos, se comprenden mutuamente, intentan persuadirse unas a otras y modifican sus opiniones para responder a los contraargumentos. De esta manera formamos nuestras creencias e, incluso, nuestros deseos.

    La concepción deliberativa de la democracia constituye el pilar de la teoría de la legitimidad política de Habermas. La democracia no existe para garantizar los derechos que nuestro Creador nos ha otorgado; tampoco es simplemente una forma de permitirnos rechazar a los sinvergüenzas; ni es un mecanismo para procesos de acuerdo, compromiso y ejercicio del poder. La democracia, concebida idealmente, es un proceso mediante el cual las personas no imponen sus preferencias sino que consultan y deliberan sobre qué valores y qué opciones son los mejores.

    Según el razonamiento de Habermas el derecho constitucional institucionaliza los supuestos de un sistema de discusión que posibilitan la elaboración legítima de leyes. Por ello, su concepción de los derechos fundamentales incluye el derecho a “la igualdad de oportunidades para participar en los procesos de formación de la opinión y la voluntad en los que los ciudadanos ejercen su autonomía política y a través de los cuales generan derecho legítimo”.

    Habermas considera que el principal objetivo de un tribunal, al interpretar la constitución, debe ser proteger las precondiciones procedimentales para el ejercicio de la deliberación democrática. Este punto sugiere un papel especialmente activista ("aggressive") para los tribunales cuando los procesos democráticos no se ajustan a las aspiraciones de deliberación y democracia; por ejemplo, cuando algunos son excluidos de la política o cuando los resultados de los procesos de toma de decisiones reflejan el poder y la presión, en lugar de la razón. Así es como Habermas intenta conciliar la tensión entre el derecho y la democracia, considerándolos no como opuestos sino como mutuamente complementarios. El derecho puede crear las precondiciones para la democracia al garantizar la libertad de expresión, el derecho al voto y la igualdad política, entre otros. Los ideales democráticos pueden llegar a determinar el contenido adecuado del derecho.

    Para quienes se interesan por un enfoque deliberativo de la democracia gran parte del trabajo futuro no reside en abstracciones sino en un pensamiento más concreto destinado a resolver problemas concretos. La democracia estadounidense, por ejemplo, dista mucho de ser deliberativa, y cabría preguntarse cómo hacerla más deliberativa. ¿Pueden los medios de comunicación –incluso internet– aprovecharse para promover la deliberación política? ¿Cómo puede funcionar una democracia deliberativa cuando existen enormes disparidades tanto en riqueza como en educación? ¿Qué tipo de restricciones deberían imponerse al contenido y a la forma admisibles del debate público? ¿Deberíamos fortalecer las formas locales de democracia? Habermas no aborda mucho estas cuestiones.

    La suya es una obra de filosofía política que aborda los fundamentos de la teoría democrática y, como tal, tiene un gran valor, sobre todo por su minuciosa exposición de la democracia deliberativa y el potencial de interacciones productivas entre la democracia y el derecho. El siglo XX llegó a su fin y el siglo XXI inició con las aspiraciones democráticas proliferando por el mundo. Habermas brindó una de las mejores y, en mi opinión, más duraderas explicaciones y justificaciones de los valores que subyacen a esas aspiraciones.

    Descanse en paz, profesor Habermas. Le estamos muy agradecidos y le rendimos homenaje. No volveremos a ver a nadie como usted.


    Traducción de Leonardo García Jaramillo, publicada con la expresa autorización del autor.