Hace un par de semanas cené con un liberal de fuste. Le pregunté sobre el argumento de que todo está bien si la “tasa de interés refleja el riesgo de mercado". El argumento fue propuesto por el presidente Milei para defender las desorbitadas tasas de interés de las Fintech (ej. mercado libre) frente a la pretensión de censurarlas por usureras (en el marco del debate sobre el crecimiento sostenido de las tasas de morosidad en el país). La respuesta de mi amigo me sorprendió: Me recordó que la “usura” fue la categoría estratégica que los católicos usaron para perseguir a los judíos.
El no pretendía señalarme ninguna diferencia de concepción entre la “moral cristiana” y la “moral judía” acerca de la usura, más bien recordarme “la pretensión de homogeneidad religiosa”. Como esta histórica pretensión devino en persecución de minorías a través de reglas estatales. Y hacerme sospechar, quizá, que algo de eso puede estar detrás de nuestra aprensión hacia los usureros, o incluso de nuestra aprehensión de la usura.
Yo, en realidad, quería llevar la discusión al plano del liberalismo. Pensaba que, si aceptamos el criterio de que no hay usura cuando hay “proporción” entre la tasa de interés y el índice de riesgo, aceptamos una racionalidad *sleppery slop.* ¿Qué nos impide pensar en la posibilidad de consentir nuestra propia esclavitud, si ella refleja proporcionalmente la correlación de precios del mercado (salarios, canasta básica, e índices de desocupación)? Y si vendernos como mercancía es una opción legítima, estamos ante la paradoja del liberalismo que se devora a sí mismo (asunto que es objeto del debate filosófico desde hace generaciones). En fin, si el límite a la usura es sólo el movedizo riesgo del mercado, la libertad en sentido irrestricto desnuda su faz normativa, su capacidad de conducir al poder absoluto (en este caso del capital), al reconocerlo abiertamente como razón validante hasta el punto de avalar que se devore el más ínfimo sentido de libertad.

Mi acompañante no estaba dispuesto a discutir en esos términos, pero no escapó al debate. Siempre fue mucho más inteligente que yo en la instancia del planteamiento, porque sabe exactamente cuándo y cómo establecer sus términos. Y lo que me proponía era pensar en la preocupación liberal por la persecución religiosa, quizás como proxy del paternalismo o perfeccionismo estatal asentado en razones religiosas. Cualquier liberal se inquietaría ante la posibilidad de que se configure “lo debido jurídicamente”, bajo la impronta del perfeccionismo moral, y más aún, si la moral en cuestión deviene del dogma de religiones con pretensión autocrática. Me quedé pensando, sin embargo, si esta especie de dilema al que estábamos llegando, entre “perfeccionismo moral y determinismo del mercado”, no sería uno de esos falsos dilemas, esos en los que caemos cuando disimulamos algo de mas.
Lo natural entonces fue extender el análisis a otras discusiones que parecían paralelas, y familiares. La manipulación de algoritmos para generar adicción a la pantalla en menores, por ejemplo. Al menos en los términos en los que se está discutiendo en el caso judicial contra Beta en Estados Unidos, el punto parecía el mismo: riesgo de perfeccionismo moral o normatividad de la libertad de mercado. Los mismos sentidos enfrentados parecen verse en la discusión del caso libra, sobre si estamos ante una “estafa” o frente a la mera impericia o ligereza de los apostadores del mercado. La sensación de que son discusiones que comparten la misma raíz, hace que una se pregunte cuál es esa raíz. Quizás la disputa sobre el vínculo entre “derecho y moral”, que aquí podría conectarse al debate filosófico sobre cuál es el instante en el que l liberalismo se muerde la cola, y empieza a devorarse irrefrenablemente a sí mismo.
Caminando hoy, me acordé de la asertiva categoría del “positivismo ideológico” de Nino. Para mi esa cateogoría desnuda una forma de mirar y de conceptualizar. Mirar in-significando la distinción entre lo descriptivo y lo normativo, para así conceptualizar lo jurídico como si todo fuera mero fenómeno. La in-significación disimula la falacia naturalista que denunciaba Nino, pero en nombre de la pretensión todopoderosa de asepsia moral del positivismo, es decir, con el animo de negar las razones que consagran lo obligatorio. Algo de eso veo en el argumento del presidente. Quizás sea un argumento pariente a la mirada del positivismos ideológico, al que se podría bautizar como el “liberalismo ideológico”. Un liberalismo que cree en el respeto a la libertad, como si la definición de ésta fuera moralmente aséptica, y al in-significar la distinción entre el mandato de respeto y su reconocimiento fenoménico (falacia naturalista), se cuela la normatividad intrínseca de la libertad que se valida. Aunque justo es decir, que a la normatividad el presidente la enuncia en voz alta: el riesgo de mercado. El respeto a la libertad de imponer tasas es “irrestricto”, independiente de consideraciones morales, porque las consideraciones morales ya están inscriptas en la libertad del prestamista que decide conforme al riesgo. In-significar la normatividad intrínseca de la libertad del prestamista, habilita la validación jurídica de sus razones como si solo estuviéramos avalando el fenómeno de la manifestación de libertad de contratar. En otras palabras, se valida jurídicamente la libertad no como hecho supuestamente a-normativo, sino abiertamente por su normatividad económica. Y así nos acercamos a la instancia en la que el liberalismo empieza a morderse la cola con el hambre feroz del capitalismo.
En fin, los “positivistas ideológicos” de Nino, y mis “liberales ideológicos” compartirán el mismo punto de partida, y el mismo destino: el punta pie es negar la relación conceptual del derecho (y de la libertad) con la moral (y/o con las normatividades que valida la libertad). Ello permite, falacia naturalista de por medio, que la normatividad del derecho quede al servicio de la normatividad de las libertades que buscan la dominación. Quizás así, las pretensiones hegemónicas de religiones, de poderes económicos, culturales y políticos consiguen instalarse en el sentido del derecho (en nombre del positivismo), o llevan a autocracias políticas, en nombre del liberalismo.
Claro que mi sagaz amigo no es un liberal ideológico, ni un positivista ideológico, y probablemente hubiera rechazado, con algún “as” argumental la categoría crítica del positivismo ideológico. Él es, como ya dije, bastante más inteligente y diestro que yo en la discusión. Por eso es una lástima que no se me haya ocurrido esta idea categorial mientras conversamos. Su reacción hubiera sido, seguramente, la frutilla del postre. Pero el consiguió hacer lo que siempre, though, hacerme pensar..